
CJC 1946: haciéndose escritor paso a paso.
Al viajero le ha dado la gana de ir a la Alcarria porque es un hermoso país, lo primero, y porque hace 70 años que Camilo José Cela lo recorrió durante nueve días, y en 15 lo puso en su prosa hecha de obviedad y fatalismo, esa prosa donde las cosas son sencillamente lo que parecen porque no pueden ser de otra manera, lo cual es terrible, si se mira bien. Nosotros no bajamos de la calle de Alcalá y tomamos un tren de madrugada en Atocha, sino que conducimos nuestro Volkswagen Polo y vamos anotando mentalmente las mutaciones que el progreso ha obrado en el paisaje según se sale de Madrid por la autovía de Zaragoza.
Atravesamos polígonos horrendos en pos de la España profunda cuyo corazón salió a rascar don Camilo. Torrejón, Azuqueca, Alcalá, Meco… Y al fin las primeras montañas, caprichosos pliegues de arcilla fruncidos como el papel de estraza. Dos ciclistas animan el belén con los colores chillones de sus maillots pedaleando en paralelo a la autovía, y un cernícalo se suspende porque ha visto o ha creído ver algún ratón. Pasado Valdenoches no tardamos mucho en avistar la mole del castillo de Torija, primera etapa de la andadura celiana y de la nuestra. Ofrece Torija a la entrada una bonita picota del silgo XV, restaurada con tanto lucimiento que está pidiendo que le ahorremos al último corrupto la pesada burocracia del garantismo. Pero lo mejor de Torija es su plaza de soportales castellanos, con el ayuntamiento a un lado y al otro -por si acaso- el castillo imponente de los Mendoza, en cuya torre del homenaje han dispuesto el único museo del mundo dedicado a un solo libro: Viaje a la Alcarria.

Hablar de la lucidez de Hannah Arendt (1906-1975), como de la de Aron o Camus, se ha convertido en un estereotipo, pero lo es hoy porque no lo fue ayer. No lo fue en absoluto. Hoy el sintagma «banalidad del mal» es manejado con naturalidad por columnistas que acaso jamás abrieron un libro de Arendt, pero en su día aquella idea causó escándalo en la comunidad académica biempensante (que no ha evolucionado lo suficiente, por desgracia) y condenó al ostracismo a quien, enviada a Jerusalén como cronista del proceso de Eichmann, se limitó a registrar -y a tratar de interpretar luego- lo que veía: no a un monstruo notorio sino a un funcionario aséptico del terror. Un humano, demasiado humano.










