Escribió una vez Raúl del Pozo que ya no pensaba ir a ningún entierro más que al suyo. Finalmente ha cumplido su palabra. Ha subido a la barca y ha cruzado la laguna dejándonos clavados en tierra, escurriendo la contraportada del periódico como un pañuelo empapado, mirando su nombre alejarse hacia la orilla de la leyenda.
El relato literario, para serlo, debe declararle la guerra al relato político. La literatura contribuyó a acelerar el fin de la era victoriana cuando se puso a denunciar su monumental hipocresía, la elaborada patraña que la civilización británica se contaba a sí misma. Señalar al monstruo moral que podía ocultarse tras las maneras impecables del gentleman: ese fue el propósito narrativo que guio entre otros a Robert Louis Stevenson y a Oscar Wilde.
Algo tendrá el amor cuando lo bendicen. Y el hisopo con el que el mercado bendice el amor viene bañado en agua de colonia. Si el café es el líquido vital de los hombres cansados, según nos enseñó Raymond Chandler, el perfume debe de ser el líquido vital de los hombres enamorados.
Todo esto lo descubrí el otro día a bordo de un avión de Iberia que ofrecía un surtido catálogo de fragancias descritas en un sucedáneo de la prosa libertina de finales del XVIII. Me quedé varios minutos atrapado en esas lisérgicas descripciones que parecían redactadas por un hijo natural de Choderlos de Laclos y Corín Tellado con muchas ganas de presentarse al Planeta. Para que luego digan que la literatura de aeropuerto es mala.
Se están diciendo muchas cosas sobre David Uclés, todas ellas en respuesta a cosas que no para de decir el propio David Uclés, joven escritor que no procede precisamente de la estirpe bartlebyana de Pynchon o Salinger, quienes preferían desaparecer en el grito mudo de sus libros y aun ese ejercicio se les antojaba infectado de exhibicionismo culpable. Se dice de Uclés que confunde el activismo con la literatura, o que dedica más esfuerzo a planificar la estrategia comercial de sus obras que a limpiarlas de solecismos, anacolutos, gerundios y topicazos, que es lo único por lo que deberíamos pagar a un escritor. Se acusa a Uclés, en suma, de cultivar a su personaje antes que a sus personajes. Un personaje de diseño, calculadamente progresista, con el catálogo en regla de filias y fobias compulsadas por un mandarinato cultural que aún concede los premios o administra las cancelaciones en España.
Mi padre irrumpiendo en el salón con la carcajada todavía en la boca y en la mano derecha el ABC doblado por la página donde firmaban Mingote, Campmany y Alfonso Ussía: «¡Es genial, es genial!». Esta es la primera imagen que consta en mi memoria biográfica de lector de columnas, que es lo que uno ha sido más cabalmente la mayor parte de su vida. Consumir columnas con temprana fruición es la única manera de terminar escribiéndolas, pero por entonces yo ignoraba mi destino. Yo, como mi padre, me limitaba a leer y a reír. Y a esperar la próxima columna como una promesa cierta de que volvería a reír leyendo. Quizá el propósito más noble de este oficio no deba aspirar a nada más. Ni a nada menos.
Corren buenos tiempos para la nostalgia, para la dignidad melancólica de los miradores si nos ponemos umbralianos, y por eso sobre el cierre temporal del Café Gijón han vertido lágrimas incluso aquellos que jamás se reunieron en sus tertulias o llegaron demasiado tarde para conocer al cerillero, que se llamaba Alfonso y desvirgaba secretos al oído capaces de abreviarle la inocencia de la infancia a mi compañero Antonio Lucas.
Todos hablan de la canción de Sergio Ramos, y no es para menos. Yo mismo la he reproducido fascinado una y otra vez a lo largo de esta semana, y puedo decir que creo haber penetrado en el sutil espíritu que anima su composición. En las líneas venideras, con las luces que permita mi pobre juicio, trataré de desentrañar las claves líricas de esta obra notable, claramente deudora del Siglo de Oro español.
No entendí que el público del Real aplaudiese el martes con tanto entusiasmo al barítono que había encarnado el papel de Giorgio Germont en la emocionante representación de La Traviata que acabábamos de presenciar. No es que no se lo merecieran su técnica vocal o su talento interpretativo: es que no se lo merece su personaje. No podemos perdonar a Giorgio, el estricto padre de Alfredo, ni siquiera cuando en el último acto se derrumba y pide perdón a Violetta por haberla forzado a romper con su hijo.