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Una espada atravesará tu alma

La coincidencia es prodigiosa. Supongo que alguien más se habrá dado cuenta, aunque no vamos a levantarnos a mirarlo. Me refiero a la imagen restallante, conmocionada y conmovedora, que le ha valido el Pulitzer al fotógrafo Manu Brabo -esa b insidiosa, como la z de Letizia, pero igualmente legal-, segundo español en ganar uno de esos copetudos galardones que dan en Columbia. El primero fue otro fotógrafo, Javier Bauluz. Siempre dio España mejores pintores que escritores.

Brabo cubrió la guerra civil de Siria y capturó uno de esos momentos que en las guerras se encadenan con la negligencia de lo rutinario, pero que sacados de su contexto de ferocidad burocrática, es decir, llevados al punto de vista de los hombres en paz, adquieren súbito rango de icono. Cuántos milicianos caerían abatidos en parecida pose de martirio blanco a la de aquel que cazó Capa en Cerro Muriano, teorías de la manipulación aparte. Y es que eso es la guerra: el hábito de la barbarie; y el periodismo de guerra ha de ser su desautomatización, su individuación doliente o exaltante. Por eso es el mimado a la hora de los galardones: porque nunca habrá noticia más importante que la desarmante naturalidad con que los hombres aniquilan a otros hombres. Incluso a otros niños.

La Piedad de Manu Brabo.

La Piedad de Manu Brabo.

La coincidencia de la que hablo remite al célebre aserto de Wilde según el cual la naturaleza imita al arte, y no al revés. Todo en la fotografía de Brabo evoca -cómo no verlo- a la Pietà de Miguel Ángel, que representa la realización artística del dolor en abstracto, en estado puro. Las figuras, las causas, los efectos. Incluso la composición piramidal del grupo, las líneas paralelas de las piernas exangües, el brazo derecho que pende sin vida, la flaccidez oblicua de las cabezas de las víctimas -la de Cristo se vence a la derecha, la del niño a la izquierda-, el regazo que recoge el cadáver formando entre las rodillas que apuntan al espectador un embalse de sufrimiento. Wilde diría que esta analogía es plausible porque Miguel Ángel fijó primero el arquetipo estético del dolor por pérdida violenta de un ser querido, y en esta categoría archiva luego inevitablemente el espectador su visión del desconsuelo hecho realidad documentada.

La Pietà de Miguel Ángel.

La Pietà de Miguel Ángel.

Hay sin embargo diferencias de intensidad entre el arquetipo artístico y la realidad palpitante (o mejor dicho: la realidad que palpitaba hasta hace tan poco, que esa traumática privación es la que retrata el fotógrafo). Miguel Ángel, neoplatónico al fin, esculpe a una doncella serena que sujeta cualquier rictus de histeria; la cuota de verosimilitud trágica la cubre la mano izquierda de la Virgen, que se abre como inquiriendo una razón imposible: tratando de explicar, literalmente, el sindiós. El hombre que en la foto de Brabo sostiene a su hijo muerto se agarra a él con ambas manos y baja la cabeza descompuesta por el dolor pero sin aspaviento excesivo, porque cuando se sufre de verdad el teatro sobra.

Él también entiende ahora la amarga profecía que el viejo Simeón (Lc 2,35) le hizo en el templo a María cuando Jesús era tan solo un niño, como todos los niños de las guerras: «Y a ti, mujer, una espada te atravesará el alma».

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Roma 2013. Apuntes de una peregrinación

El 11 de febrero de 2013 Joseph Ratzinger decidió renunciar al papado e imprimir así un cierto giro a la historia de la Iglesia que no se estilaba desde 1294. La noticia nos pareció suficientemente sugestiva a una banda de cinco periodistas de La Gaceta, propiedad del Grupo Intereconomía, que andábamos por entonces —y ahí seguimos— necesitados de estímulos espirituales, puesto que los materiales nos estaban siendo negados desde hacía meses; cuatro nóminas por cobrar, exactamente, y una consecuente huelga indefinida de la redacción. Era la segunda huelga que le hacía yo a este periódico en cinco años, con propietarios distintos, y aunque la nueva propiedad ofrecía al ejercicio sindical más alicientes que la anterior por su descarada similitud con el equipo municipal de Bienvenido, Mister Marshall —parangón en el que ahora no voy a extenderme—, lo cierto es que la lucha perdía novedad y ganaba desesperanza vertiginosamente cuando la renuncia de Benedicto XVI vino a remover nuestro marasmo existencial.

—Nos vamos a Roma y a tomar por culo todo.

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Bernini, el genio desatado. (Wikipedia)

—Venga.

Con palabras parecidas empiezan siempre las peregrinaciones más memorables. Y aunque el eco se había adueñado de la Visa y el bolsillo boqueaba exhausto por la incuria del patrón, no lo pensamos más y con lo restante cogimos billete a Ciampino en Ryanair —lo que quizá siempre deba pensarse más— y techo en una pensión cercana a Termini de precio tan irrisorio que confesarlo aquí me produciría bochorno y también algún temor a la condescendencia de los pordioseros que duermen acartonados bajo los soportales de la Plaza Mayor.

Día primero

Cae una lluvia fina cuando un autobús nigeriano nos introduce en la Ciudad Eterna procedente del aeropuerto. Dejamos las maletas en la habitación quíntuple, almorzamos unas porciones aproximadamente infames de pizza callejera y traspasamos el atrio de Santa María la Mayor, primer hito turístico de nuestro peregrinaje. Allí, a la derecha del altar, bajo una lápida insignificante y penumbrosa reposan los restos del fastuoso Gian Lorenzo Bernini, por quien profeso desde mi primer viaje adolescente a Roma una turbadora devoción que procuraré inocular en mis cuatro compañeros, con un éxito espero dos puntos por encima de incontrovertible y solo uno por debajo de febricitante. Empezamos ahí, testimoniando su humildísimo fin para ir retrocediendo en flash-back no temporal sino espacial a los días gloriosos de su ejecutoria eternizada en piedra.

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8 abril, 2013 · 20:09

El Maestro Mateo o la invención de la vanidad

El artista medieval se llamaba a sí mismo artesano y ofrendaba su artesanía a la propaganda de la fe como la cosa más natural del mundo. Cobraba por su trabajo, evidentemente, y le preocupaba que su obra contentase al cliente, que podía ser un señor feudal más o menos belicoso o un abad de cierto sibaritismo o ambas cosas, porque a los efectos de aquel mecenazgo política y religión venían a ser lo mismo y consumían idéntica temática. Una vez cumplido el encargo, recibido el plácet y cobrados los honorarios, el artista medieval se daba por satisfecho. Que el vulgo supiera o no el nombre de quien diseñó la capilla catedralicia o retrató al caballero castellano no le importaba en absoluto, porque el vulgo era analfabeto y pobre, así que jamás podría entenderle y mucho menos contratarle. Con que le conocieran el noble y el eclesiástico le alcanzaba para seguir desempeñando el oficio.

En literatura ocurría algo parecido. El rapsoda de cualquier ciclo oral europeo recitaba por las plazas sus cantares de gesta o sus leyendas mitológicas sin que se le ocurriera firmar el centón de versos propios o ajenos que se encadenaban con cadencia milagrosa en su garganta. En alguno de sus oyentes prendía entonces la vocación poética, memorizaba las historias oídas, las completaba con versos de propia cosecha y se echaba a declamar por las aldeas contribuyendo así a la viveza anónima, escondida, indiscernible, de la literatura oral. El plagio era la norma, y en las orgullosas firmas que se preocuparon de legar los grandes autores griegos y latinos advertían nuestros primitivos artesanos de la rima cierto pecado de arrogancia. En España hay que esperar al siglo XIV para topar con el origen canónico de la voluntad de autoría: se suele señalar al Infante Don Juan Manuel como el primer literato orgulloso de su obra y celoso de su transmisión fidedigna, porque este culto aristócrata que se pasó la vida leyendo y guerreando se retiró finalmente a su castillo para compilar sus escritos y asegurarse de que el manuscrito de El conde Lucanor pasaba a la posteridad tal y como él lo dejó dispuesto.

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6 abril, 2013 · 21:04