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Si hay fallo hay esperanza

El fútbol que viene.

El fútbol que viene.

Alan Turing habría sido un buen entrenador de fútbol porque no perseguía exactamente la infalibilidad de la máquina, sino su perfectibilidad sostenida. Su ideal no era el robot impecable sino el niño que no deja de aprender porque no deja de fallar. El fútbol contemporáneo se parece cada vez más a un certamen de trigonometría que va enterrando en el hielo a mamuts entrañables del cojonudismo español como Clemente o Camacho. Se llevan ahora los estrategas pulcros como Marcelino, cuyo Villlarreal se replegaba en defensa y se estiraba en ataque con un compás armónico de pleamar, o mejor, de marcapasos. Su fútbol no acusará infartos repentinos, pero tampoco allega las emociones de un corazón de carne.

¿Y Ancelotti? Bueno, lo más infalible que hay en Ancelotti es el radar delicadísimo de su ceja. Si pusiéramos a don Carlo a pie de urna, con fijarnos en la fluctuación de su ceja obtendríamos las mejores israelitas. Al final de la primera mitad la ceja le dibujaba un arco apuntado que significa: estamos dominando pero no les hacemos ocasiones claras, y además no me quedan más chicles en la americana. Dejó de mascar tras el penalti convertido maquinalmente por Cristiano y subió la ceja de nuevo en el empate. Pero no siempre es tan previsible, como cuando sacó a Illarra por Isco, la máquina con menos apariencia de máquina pero más engrasada del Real Madrid hoy por hoy.

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Un Cristiano, una Mezquita y un milagro

Cristiano equivocándose en tres tiempos.

Cristiano equivocándose en tres tiempos.

No perdonamos a Cristiano que nos estropeara el cincuentenario de la muerte de Churchill con ese bofetón de diva agraviada que causó su expulsión. Si han de expulsarte que sea por un cabezazo en una final mundialista y porque te hayan mentado a la madre; reacción que, por lo demás, goza ahora de coartada vaticana. Se marchó luego el astro abrillantándose ese ego dolorido que llevaba cosido al escudo, sin reparar en que le daba hecha la homilía de la santa humildad a Sor Lucía Caram. Se viene semana de turre tertuliano por el gestito, astutamente captado por el realizador (el realizador es el más sibilino y madrugador de los líderes de opinión).

A Cristiano y a Sergio Ramos les debe el madridismo los últimos títulos como a ningún otro, y sin embargo se empeñan en poner a prueba la adoración más cerrada como esos genios que deciden pasar del folk contestatario a la guitarra eléctrica quizá porque les empalaga tanto amor. La mano de Ramos palmeó el cuero como si fuera un cajón flamenco, aunque la bola parecía venir rebotada de la pierna en la enésima repetición. El partido se ponía feo y don Carlo, que no es sir Winston, escupió en un plano el chicle -¡el realizador!- con tanta determinación que temblaron los cimientos de la Mezquita.

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En la guerra como en la guerra

Convocatoria en Concha Espina.

Convocatoria en Concha Espina.

Ha dicho Simeone en una entrevista reciente que los suyos no temen a la muerte, que salen a morir al campo y que ese es el secreto de su éxito. Hay que tener cuidado con las metáforas porque las carga el diablo, y si medimos las palabras del sargento Cholo con las imágenes de los tobillos rivales tras un encuentro con el Atleti habremos de concluir que el papel de víctima lo acaba personificando más bien el adversario. El nivel de lenguaje figurado en estas frases bélicas lo debe marcar el árbitro.

Pero el Real Madrid no es un club nacido para perderse en teorías militares sino para encarnarlas, así que el jueves debe ir al frente con todo el coraje que sea necesario para lograr la remontada épica que la afición ya espera, convocada por Arbeloa en la curva mítica de Concha Espina. La Copa no se tira y el Atlético es el rival perfecto para escribir sobre su eliminación otro capítulo de la gloria blanca.

“Para mí, el gol más importante es el siguiente que voy a marcar”, sentenció Cristiano tras recoger su tercer Balón de Oro. Esa máxima y el aullido mismo del guerrero conforman el espíritu que el equipo necesita. Ahora no importa tanto especular sobre táctica, sobre el dibujo en el campo, sobre rotaciones posibles: ese es trabajo de Ancelotti y el italiano se ha ganado de sobra el crédito del madridismo y la confianza en el once que él elija. Debe vencer al Atlético y tiene en la plantilla la unidad, la calidad y las ganas de revancha que la historia demanda para configurar otra de esas noches memorables de las que el Bernabéu da fe como el replicante de Blade Runner: allí hemos visto cosas que vosotros no creeríais.

Es hora de creer, y es hora de pelear. Con violines de baile o con percusión de zambomba. Es igual. Pero hay que salir ahí y eliminar al Atleti.

(La Lupa, Real Madrid TV, 14 de enero de 2015)

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El derecho a la rabona

Genialidad técnica.

Genialidad técnica.

Tras la nueva exhibición de los blancos ante el Cruz Azul uno está tentado de darle la razón a Fabio Capello cuando dice que el Real Madrid es una máquina y los demás, solo equipos. El Mundialito de Clubes, aunque heredero de la Intercontinental que sí tenemos, es el único título como tal que falta en las vitrinas de Concha Espina. Lo cual, evidentemente, es un escándalo que hay que remediar.

Será este mismo sábado cuando se remedie a poco que los jugadores demuestren el mismo compromiso que les ha llevado a ganar 21 partidos seguidos, liderar con cómoda ventaja la Liga, mandar en Europa como solo el vigente campeón puede hacerlo y meter 79 goles por 10 encajados, lo cual es un disparate que tiene asustados a los medidores de estadísticas, que no estaban tan pendientes de los números desde el efecto 2000.

De la semifinal contra los mexicanos yo me quedo con varios fogonazos: las asistencias de Ronaldo, que cuando no marca hace marcar a sus compañeros, y normalmente las dos cosas a la vez; la polivalencia rematadora de Ramos, Karim y Bale; el segundo penalti parado por Casillas en cuatro días; pero me quedo sobre todo –y que me perdonen los meapilas– con la rabona a botepronto de Cristiano, que no es la frivolidad ni la afrenta que ahora quieren vender los hombres grises de la cofradía del santo reproche, sino un recurso de genio porque la bola se le quedaba atrás. Y aunque no se le quedara atrás: Cristiano Ronaldo se ha ganado el derecho a hacer rabonas hasta para sacar de inicio, si le apetece, porque el fútbol no es un debate de teología moral, ni una cumbre diplomática, ni la conferencia de un gurú de los derechos humanos: el fútbol es un espectáculo y las rabonas dan espectáculo. Puestos a ofenderse, a mí me ofende más que Casillas tenga la desfachatez de pararme un penalti.

Bienvenidas sean las rabonas, las chilenas, las espuelas, los tacones y las dejadas de espalda si hay jugadores que las saben hacer, porque esas jugadas son precisamente las que divierten y entusiasman en los patios del mundo. Ponle a un niño cinco minutos de tiki-taka: verás como sale corriendo. Algunos quieren instaurar la era del córcholis en las gradas y acabarán censurando hasta los caños en el césped, por humillantes. Conmigo que no cuenten: ¡vivan las rabonas!

(La Lupa, Real Madrid TV, 17 de diciembre de 2014)

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La España de los cuatro complejos

Debate español.

Debate español.

Los psicólogos hablan de «complejo» como de una disconformidad con la naturaleza misma de un individuo. Una persona acomplejada es alguien que discrepa del todo o una parte de su propia condición. El psicoanálisis sofisticó el concepto para engranarlo en la mecánica freudiana de la represión, de manera que el complejo pasó a designar aquella estructura subconsciente de ideas y deseos reprimidos por el individuo que acaban emergiendo de alguna forma perturbadora. Así, que un acomplejado en el mundo más o menos mítico de Freud —que ha terminado por ser el mundo real, pues como sabemos desde Wilde la naturaleza imita al arte— es el tipo escindido cuya parte no asumida pelea con la racional por regir su conducta.

Ahora bien, si acercamos un poco la lupa epistemológica descubriremos con decepción que un complejo es algo tan distintivo de lo humano como lo es el detalle de caminar erguidos y carecer de plumas. Quiero decir que todo el mundo tiene complejos porque a nadie, salvo a Cristiano Ronaldo, se le cumplen todos y cada uno de sus deseos sin dejar por un segundo de calibrar la perfección de su reflejo en el estanque.

Dado que todos los hombres en esta vida son torturados en mayor o menor grado por sus complejos, por la disconformidad entre su aspiración y su reconocimiento, es lógico advertir que hay pueblos igualmente acomplejados en mayor o menor medida. El pueblo alemán, por ejemplo, es un interesantísimo caso de complejo colectivo bipolar en el que una natural tendencia a la supremacía de raíz bárbara ha sido fuertemente modulada por un complejo de culpabilidad histórica perfectamente fundada en el siglo XX.

Así que hay complejos por naturaleza y complejos por historia; complejos de superioridad y complejos de inferioridad. La definición psicológica hace pensar que solo existen estos segundos, pero no es así, y de hecho importa recalcar que las personas o los pueblos que padecen complejo de superioridad resultan a la postre víctimas igualmente patéticas que aquellos que se sienten inferiores. El complejo de superioridad, si no me equivoco, es de origen nietzscheano y promete a su portador una supercondición que la vida le acabará desmintiendo, cuando no recluyéndole en un psiquiátrico por besar caballos en las calles de Turín. Caso triste que fue el de don Federico.

Todo esto ya lo avisaban los griegos con su fastidioso casandrismo proverbial. Ni siquiera hay que apelar a la autoridad de Aristóteles, porque la máxima sapiencial «Nada en demasía» se atribuye a Solón, que vivió dos siglos y medio antes. Y probablemente Solón se la oyó a un pastor del Peloponeso. Por eso Freud sacó de ellos su nomenclatura patológica como quien acude al viejo sastre italiano para vestir a su sobrino, que acaba de dar un pelotazo inmobiliario. Edipo, Electra, Narciso y etcétera.

Estados Unidos, por ejemplo, es un pueblo con complejo de superioridad. No deja por ello de ser un pueblo menos acomplejado, cuyas clases rurales siguen confundiendo el rodeo con la gendarmería planetaria y cuya clase intelectual bascula hace tiempo hacia el autoodio por pura reacción más o menos esnob a la fatiga retórica del imperialismo. Todo complejo expresa una carencia por exceso o defecto de expectativas, y el complejo de superioridad aflora en formas tan traumáticas como el de inferioridad al contacto seco con la atmósfera.

¿Y España? Ah, España: ese enigma, insisten los mejores entre la historiografía patria. España es indudablemente un país acomplejado por los efectos de una larguísima decadencia, tan larga como sus melancólicos dominios. Tierra que ya era de perdedores en la plenitud imperial del Barroco; tierra de hidalgos irreductibles, orgullos museísticos, afanes tridentinos, espadones conjurados, miradas de vaca autista al paso del tren de la historia y demás. Se trata de una consabida letanía, solo aproximadamente veraz y desde luego sin pretensión de originalidad alguna: a ver si va a resultar que el Londres decimonónico o la Comuna de París equivalían al campamento infantil de fútbol de Iker Casillas. Y hablando de La Roja, que no deja de ser el eufemismo que articula un complejo, ¿qué hay de los complejos de la España actual?

A mí se me ha ocurrido que España está hoy poseída por cuatro complejos que responden a otras tantas corrientes ideológicas que bullen resistiéndose a morir bajo el peso fukuyamesco de la tecnocracia. Digamos que hay cuatro ideologías que subsisten más o menos mezcladas: izquierdistas, socialdemócratas, liberales y conservadores. Creo que las patologías psíquicas asociadas a sus más altisonantes exponentes no son privativas de lo español, pero creo que en ningún país como en el nuestro se divisan con semejante claridad. De esos cuatro complejos portados por otras tantas tribus teóricas, dos son de superioridad (socialdemócratas y liberales) y dos son de inferioridad (izquierdistas y conservadores). Veamos por qué.

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El tributo de Benzema

Genius at work.

Genius at work.

En la noche europea en que Carlo Ancelotti alcanzó a Miguel Muñoz y Cristiano Ronaldo a Raúl González, el talento más exquisito corrió a cargo de Karim Benzema. Ocurrió en el minuto 35 de un encuentro de control y oficio en comparación con las goleadas gloriosas a las que nos tiene acostumbrados este Madrid. Pero ese solo minuto justificó el partido entero.

Un balón llueve en el centro del campo sobre Karim, que está encimado por su marca. Con la sutileza habitual el francés cede de cabeza a James e inicia el desmarque hacia la banda, donde el colombiano se la devuelve. Benzema llega de cara pero todavía lejísimos del área; está condenadamente lejos de la que se supone su zona de influencia, pero el genio lo es porque se resiste a demarcaciones estrictas. Así que Benzema hace lo imprevisto: se disfraza de Bale y sin control previo le tira un autopase con el exterior al defensa para ganarle en velocidad.

El extremo del Basilea aprieta los dientes y se vacía en un sprint para coger al galo, que no parece tener prisa: se vuelve a detener, como esperándole, y en el segundo exacto en que el rival se le echa encima arranca de súbito con un cambio de ritmo hermoso que le concede dos metros más de ventaja. La portería ya está muy cerca y nadie se explica qué está haciendo Benzema, qué juego inverosímil se trae entre manos.

El delantero blanco ya pisa área pero no se detiene, quiere más profundidad, él sabrá por qué. Y lo sabe, claro que lo sabe, porque con el rabillo del ojo –o con la pura telepatía que los hermana– ve llegar a Cristiano Ronaldo por el medio, directo al punto caliente. Para facilitarle al máximo el remate, Karim sabe que tiene que apurar aún un poco más, como apuró Redondo cuando intuyó la llegada de Raúl tras aquel taconazo ante el Manchester. Y va Karim y lo repite: atrae sobre sí a los dos defensas y al portero con un último toque lleno de maldad y abre un claro maravilloso en medio del bosque del área por donde llega, completamente solo, el gran cazador. Benzema ya solo tiene que ceder suavemente el balón atrás y descansar los ojos en la sacudida de la red.

Toda la jugada se cifra en media docena de toques. La síntesis de precisión, belleza, generosidad, visión y eficacia es el enésimo tributo que Benzema rinde a la inigualable historia del campeón de Europa.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de noviembre de 2014)

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El mejor

Tres son pocas para él.

Tres son pocas para él.

Yo comprendo que en la sociedad en la que vivimos el deseo de ser el mejor se tome como una provocación. El mundo es amable con los humillados y suspicaz con los excelentes. Así es la naturaleza humana y ni siquiera el Real Madrid puede cambiarla. Por eso a Cristiano Ronaldo le salen tantos consejeros que le recomiendan un poco más de hipocresía, es decir, un poco más de falsa humidad. Es decir, que diga que no está entre los mejores de siempre, que simule que no aspira obsesivamente al número uno, que se conforme con lo que ha conseguido.

Pero Cristiano Ronaldo no nació en Funchal para llegar a la cima y, una vez allí, fingir que nada ha cambiado. Yo entiendo que eso lo hagan los cantantes, los políticos, los emprendedores corruptos y los novelistas comerciales, porque su trabajo depende de la simpatía del público. Pero el trabajo de Cristiano Ronaldo consiste mayormente en marcar goles, y ese trabajo lo cumple realmente bien. Tan bien que va por su tercera Bota de Oro y mantiene el mejor promedio goleador de la historia del fútbol español. O sea, que es el mejor. Y si los números dicen que es el mejor, sería una tontería subir a un estrado a recoger un premio y proclamar lo contrario.

Yo criticaría a Cristiano si no se diese cuenta de que en el fútbol, por muy bueno que sea uno, nadie puede brillar sin el concurso de los compañeros; pero Cristiano, cada vez que recoge un premio, que va siendo cada semana, se deshace en gratitud hacia el equipo, el club, la institución, la familia. Y cuando juega, ya da casi tantas asistencias como goles marca. Y cuando a sus compañeros, o a los chicos del filial, o a los chicos del filial de otro equipo que se le acercan les preguntan por el trato de Ronaldo, siempre responden lo mismo: “No entendemos por qué le ponen esa imagen de arrogante”. Creo que esto lo ha declarado hasta Piqué.

Yo sospecho que la imagen de arrogancia del portugués es la manera que ha encontrado el antimadridismo de reprocharle su exceso de eficacia, que saca los colores a todos los demás por comparación. Personalmente, prefiero que Cristiano siga aspirando obsesivamente a ser el mejor de todos los tiempos, y que además lo reconozca, y que además haya quien llame arrogancia a su honestidad profesional sencillamente porque no tuvo la fortuna de tenerlo en su equipo.

(La Lupa, Real Madrid TV, 6 de noviembre de 2014)

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Dónde estáis, hombres de poca fe

El estratega y el héroe.

El estratega y el héroe.

Dónde estáis, nos preguntamos ahora, los que decíais que el Barça seguía siendo mucho Barça para el Real Madrid. Dónde están los notarios remolones del cambio de ciclo. Dónde los que primero criticaron la planificación del equipo y luego atribuyeron sus registros goleadores a rivales débiles o al azar de la pegada. Dónde están los de la superioridad moral y estética culé que ya es una caricatura de sí misma. A qué papelera hay que ir a buscar esa mentira reiterada según la cual “el Madrid solo sabe marcar al contragolpe”. Dónde está, por el amor de Dios, la credibilidad ante un micrófono de Xavi Hernández.

Dónde están los que especulaban con el minuto en que el Bernabéu debía detenerse para homenajear al nuevo Zarra. De qué honda madriguera hay que sacar ahora a los abogados de Di María y a los fiscales de James. Cómo buscamos fracturas y egos conflictivos en el vestuario blanco, si se abrazan todos al míster como si rodaran un capítulo de La aldea del Arce. Cómo alargamos el tabarrón de Casillas, si para remates a Messi y ruge los goles de sus compañeros.

Dónde encontraremos una fotografía más idéntica a la de Di Stéfano que la de Cristiano celebrando los goles a la antigua, con los dos brazos en alto y corriendo enloquecido hacia la grada. Dónde hallaremos kilos suficientes de disculpa por las redacciones que se mofaron de Benzema. Dónde descubriremos ahora a los de los pitos, si no es en los confesionarios de la Catedral de la Almudena. Y cómo desagraviamos ahora a Ancelotti, un entrenador tan inteligente que los ha ido callando a todos moviendo la ceja en la sala de prensa y rotando a sus jugadores en el terreno de juego, adaptando el sistema a sus hombres como pide el Evangelio, y no al revés.

Dónde estáis, en fin, los impacientes, los escépticos, los que viajáis en estribo y os tiráis del carro al primer contratiempo, los guionistas de la historia-ficción, los amigos superficiales y los enemigos encarnizados. Yo os salgo a buscar no para reprenderos, sino para formularos la gran pregunta: ¿Qué más puede hacer el Madrid por vosotros para que seáis completamente felices?

(La Lupa, Real Madrid TV, 27 de octubre de 2014)

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