Archivo de la etiqueta: cosas de la democracia

La impaciencia de Rivera

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España será de quien se la trabaja.

Hace días me llamó una periodista francesa de Les Echos que estaba preparando un reportaje sobre «el Macron español». Quería saber qué sabía yo sobre Albert Rivera. Hablamos durante una hora, marcando diferencias y señalando semejanzas. Ella, desde el titular, estaba más interesada en las segundas, pero yo insistí en las primeras, que me parecen más reveladoras. Macron es un miembro natural de la élite francesa, orgulloso de su formación, que llegó al poder con la inestimable colaboración de la segunda vuelta. Rivera es hijo de un obrero de La Barceloneta y una emigrante malagueña, funda su recelo de la academia en uninstinto político animal y solo llegará a La Moncloa si vence a la Ley D’Hondt. Pero la diferencia principal es que la nación francesa no admite discusión, mientras que la nación española apenas admite defensa, abatida bajo una culpa originaria que condena a los españoles a elegir entre el rancio casticismo o la exquisita displicencia. O el bombo de Manolo o la pose del equidistinto: «¿Banderas a mí? ¡Son todas iguales! ¡Dos nacionalismos a garrotazos!».

Rivera, por suerte para él, no es ningún intelectual, pero tiene una idea clara a la que empezó a servir en minoría hace doce años y a la que cree que le ha llegado su momento. Esa idea no es más que la desproblematización de España. Durante demasiado tiempo, con la entusiasta colaboración de intelectuales propios y ajenos, España no ha sido explicada como lo que es, la sede histórica de nuestros derechos, el hogar inclusivo de una ciudadanía duramente conquistada, sino como esa triste y tópica historia de Gil de Biedma que siempre termina mal. Ese estereotipo caduco, sostenido por perezosos mentales y cobardes morales, llegó a hacerse opresivo en Cataluña, activando la variante política del principio de Arquímedes: todo intento agresivo de crear hegemonía en una comunidad dada origina una resistencia silenciosa de signo contrario que un día se desborda. Ciudadanos se despliega hoy contra tres inercias tóxicas: el nacionalismo, la corrupción y la bipolaridad ideológica. Propone lo opuesto: una España solidaria, limpia y pragmática. No es una aspiración brillante, ni original. Pero es una aspiración poderosa, porque parece alineada con los tiempos.

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El bueno (Kichi), el feo (Marta Sánchez) y el malo (Eduardo Zaplana)

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27 mayo, 2018 · 13:49

Montoro en Maratón

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El conseller de Hacienda.

Que nadie imagine un desliz de Cristóbal Montoro del que ahora se arrepiente. Que nadie crea que se ha dejado llevar por ese deseo reprimido de propia reivindicación que le tienta cuando ve cómo los aplausos, si los hay, son siempre para los demás, mientras los palos los recibe en régimen de monopolio. Todo lo que está pasando él ya lo había calculado antes de que el lunes EL MUNDO abriera en portada con la entrevista que le ha valido el requerimiento del juez Llarena.

Montoro es un hombre que habla mucho pero que calla mucho más. Quizá le cuadre el apelativo marianista de parlanchín, pero le sobra experiencia para calcular los efectos de sus palabras. Incluidos los efectos judiciales. Por eso mismo no se prodiga en los medios. Debe de ser el único ministro que todavía no ha ido a la televisión a bailar o a poner la cara para que se la partan, que es para lo que sirve sobre todo un político de nuestro tiempo. Ahora bien, cuando Montoro concede una entrevista, es porque quiere transmitir un mensaje. Ya puede uno insistir, que sólo recibirá la ansiada citación en la calle Alcalá cuando él lo tenga decidido. A partir de ese momento uno se limita a escuchar, atónito por momentos, y luego se abalanza sobre el ordenador con el mismo espíritu con que Filípides salió corriendo de Maratón.

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19 abril, 2018 · 16:14

El Llarena solitario

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La ley.

A la imparable decadencia de Occidente creía Spengler que solo se podía oponer un pelotón de soldados. Pero eso lo escribió en 1918, cuando la carne de Europa aún se descomponía en las trincheras. Hoy el campo donde se combate a la democracia es incruento, virtual incluso, y no alinea a soldados contra soldados sino a emociones colectivas contra derechos individuales. Las primeras alimentan el mar sin orillas de Facebook, que en ocasiones inunda los paseos marítimos y causa destrozos en la civilización; los segundos dependen de la razón y el coraje de un puñado de intérpretes del código penal, llamados jueces. Su misión es levantar diques y fijar en ellos la marca de la vergüenza para que las generaciones futuras sepan hasta dónde llegó esta vez la riada.

A la degradación de Cataluña se ha opuesto un hombre sobre todos, un español de Burgos, formado en Valladolid y curtido en Barcelona, impermeable al victimismo porno de los unos y a la componenda proxeneta de los otros. Pablo Llarena Conde (55 años, hijo de abogados, padre de dos hijos, número uno de su promoción, magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo) podrá contar en las cenas familiares que a principios de siglo una parte de España retrocedió al salvaje Oeste, y que todo aquello a él le pilló en la oficina del sheriff. «En aquel tiempo, queridos nietos, yo fui la ley. Y la ley se cumplió». Podrá decirlo, porque habrá dicho la verdad.

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28 marzo, 2018 · 21:03

La rebelión del niño-masa

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Padrecito Vlad.

Lleva un tiempo darse cuenta de que la democracia hay que protegerla del pueblo. Cuando uno es pueblo, en el roussoniano sentido de niño-masa, desea que su voluntad particular coincida con la voluntad general. Y cuando no lo hace grita, patalea, llora al deshacer el envoltorio y descubrir el sofisticado nudo de contradicciones en que consiste el juguete, tan alejado de su rutilante fotografía en el satinado catálogo que le han vendido. Cuando ves la democracia en AliExpress y cuando te llega. Por eso los ilustrados americanos que la diseñaron protegieron su mecanismo contra niños intolerantes, y por eso se les llama padres: padres fundadores.

Un niño no entiende la diferencia entre venganza y justicia. Un niño no admite fácilmente que su libertad acaba donde empieza la de un niño distinto. Un niño, que es un sujeto conjugado en presente perfecto, no se privará voluntariamente de lo suyo para que lo disfruten unos desconocidos, porque contra lo que opina Gloria Fuertes los niños en realidad carecen de imaginación: desde luego de la imaginación necesaria para ponerse en el lugar de un viejo. Por eso deben leer cuentos fantásticos: para empezar a desarrollarla. Si siguen leyendo, es posible que terminen entendiendo el sistema de pensiones.

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El bueno (Pacto de Toledo), el feo (Congreso) y el malo (platós de televisión) en La Linterna de COPE

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19 marzo, 2018 · 11:22

Paloma, tercer león de las Cortes

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Paloma Santamaría, guardiana del Congreso, con Herrero de Miñón.

A cualquiera que frecuente el Congreso no le costará reconocer en esta fotografía a la persona que ostenta el mayor rango de representación institucional. Se trata de Paloma, la mítica ujier de San Jerónimo, entregando sus pertenencias a don Miguel Herrero de Miñón. Que es uno de los tres padres vivos de la Constitución y que acudió ayer a inaugurar la comisión para el estudio de la probabilidad de la hipótesis de su reforma. Paloma lleva más de tres décadas al pie del cañón de la soberanía nacional. Lo ha visto todo, pero no cuenta nada. Paloma es el tercer león de las Cortes, la metáfora diligente de nuestro 78, ajado pero firme.

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11 enero, 2018 · 11:38

Doña Manolita

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Navidad.

Se acerca la Navidad y hay que hablar de Manuela Carmena, porque la alcaldesa de Madrid brilla con luz propia en estas fechas de cuya naturaleza entrañable ella ya participa, como participan desde siempre las colas en Doña Manolita o los certámenes de villancicos. La carmenada, antes que motivo de indignación o mina de confidencial, constituye ya materia costumbrista, médula galdosiana. Nunca una política tan comprometida con el laicismo ejerció un efecto tan claramente navideño sobre el impersonal automatismo de la metrópoli, por no hablar de los periodistas.

Soy consumidor de entrevistas a Carmena en radio, prensa y televisión. El género me fascina, a pesar de que su planteamiento, nudo y desenlace se resuelve siempre en un flujo único de burbujeante adulación. Y en realidad sobran las razones. Madrid está intervenida porque su Consistorio es incapaz de presentar unas cuentas ajustadas a la ley. Paraliza operaciones en función de su importancia: cuanto más importantes, más paralizadas. Prefiere renombrar el callejero a proyectar calles nuevas. Hipoteca el futuro al rastreo simbólico del pasado y se apropia de causas y orgullos implantados y financiados por alcaldes previos. Recorta la deuda porque no sabe ejecutar el presupuesto si no es comprando ladrillo. Y no ha hecho en suma nada recordable porque antes siquiera de planteárselo debe armonizar las pintorescas militancias de las doce tribus de disidentes del frente judaico popular que integran su sigla.

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11 diciembre, 2017 · 15:55

No estaba muerta, no, no

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Herederos del 78.

El constitucionalismo corre el peligro de parecerse al columnismo según Umbral: el de llevar todos los días flores a su propia tumba. Cada 6 de diciembre nuestros representantes depositan flores al pie de la Constitución, sin reparar en la fúnebre resonancia de su ofrenda, aunque enseguida debemos añadir que ¡todavía! se llevan flores a las mujeres de las que uno se enamora. Eros o Thanatos: he aquí el dilema afectivo de la reforma constitucional. El muerto insigne del constitucionalismo ha sido este año don Manuel Marín, a quien ahora aman todos los compañeros que hace no mucho lo enterraban en críticas. Susana Díaz compareció de negro luctuoso para encarecer su ejemplo -«manchego, español, europeo»- y para pedir una reforma igualitaria de la financiación autonómica, que fue la verdadera protagonista de los corrillos, muy por encima de la constitucional. Entre la identidad y el dinero, los barones lo tienen claro. Lo cual nos hace dudar de que sean cosas diferentes. Uno es lo que da y lo que recibe, como ya sospecharon los fenicios. «Nosotros vamos a coincidir antes con Feijóo o con Juan Vicente que con algunos de nuestro partido», me confesaron los socialistas manchegos con impecable criterio liberal. Porque los derechos, los servicios públicos, son de las personas, que luego van y votan.

Para conjurar el riesgo narcisista y necrófilo de homenajear un texto difunto, Ana Pastor introdujo una astuta cita nada menos que de Cambó en su discurso: «España es una cosa viva, una sustancia». De la cual los nacionalismos serían los accidentes, en pura lógica aristotélica. Yo miraba a Alfonso Guerra, que fue quien puso palabras a aquello que allí nos congregaba, cabeceando discretamente en una esquina. Pastor, flanqueada por maceros -uno de los cuales parecía dirigir un partido de tenis con la mirada, a modo de ojo de halcón institucional-, desgranaba la exitosa transformación de España a lo largo de los últimos 40 años, incurriendo en ese lenguaje como de editorial viejuno sobre el consenso que nos hemos dado y el que todavía nos vamos a dar. Rajoy, siempre pragmático pese a su nebulosa reputación retórica, lo había expresado antes bajo la carpa del patio: «En este tiempo la renta per cápita de cada español se ha duplicado». O sea, cada español es hoy la mitad de pobre o el doble de rico que en 1978. Después de eso, si somos honestos, no habría que desperdiciar una sola palabra más en el examen de la Transición.

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7 diciembre, 2017 · 11:39

El deber del Derecho

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Animales con presunción de inocencia.

Cuando yo era adolescente, elegir carrera consistía en hallar razones para descartar la matrícula en Derecho. Todos los de letras terminaban estudiando Derecho de un modo indefectible -«Tiene muchas salidas»-, y resistirse a aquel determinismo jurídico obligaba a un acopio de personalidad impropio de la edad. Se ofertaba en todos lados y pedían un cinco como nota de corte. Sus legendarias cafeterías cautivaban la imaginación. Derecho estudiaron españoles tan distintos como Mario Conde y Pablo Iglesias, aunque ni la conducta del primero ni el discurso del segundo delatan un escrúpulo legal precisamente calvinista. Pero no son casos aislados.

Para ser un país petado de juristas, el título no cunde. España sigue siendo un país de moralistas intuitivos donde el rigor de la ley causa tanto escándalo como el sol en Noruega o la sobriedad en Rusia. No es que los españoles no queramos juzgar; al contrario, lo juzgamos todo compulsivamente. Lo que ocurre es que juzgar, para nosotros, constituye un acto tan natural que no entendemos que requiera una formación específica. Por eso nos hacemos tertulianos. Por eso criticamos a los tertulianos. Por eso, ante cualquier problema, sentimos nacer en la incubadora caliente de nuestras meninges el cigoto de un juicio que en la mente de un alemán exigiría semanas de gestación, mientras que nosotros lo parimos perfectamente formado en décimas de segundo. Quizá porque no se trata de un juicio, sino de un prejuicio. Por eso cuando llegamos a la universidad ya es tarde: ya no hay nada que puedan enseñarnos.

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La buena (Susana Díaz), la fea (tesorera del PP) y la mala (Marta Rovira)

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19 noviembre, 2017 · 22:33