-Quítalo -le ruega José Carlos Montoya a Sandra Barneda al comienzo de la escena memorable. La toma/meme de La isla de las tentaciones que ha cautivado al mundo.
-¿Lo quito?
-No -musita con un zapateo febril.
El concursante se contradice. Quiere y no quiere ver a su novia acostándose con otro. Ansía la claridad pero teme la quemadura. Al fin vence la cabeza, fiel a la sentencia que abre la Metafísica de Aristóteles: «Todos los hombres desean por naturaleza saber».
Nadie discutirá a estas alturas que el auge del populismo trae causa del desarrollo de internet, ese invento del futuro que nos está devolviendo a la tribu. En el mundo analógico la excentricidad tenía menos opciones de promocionar a centricidad. Pero qué le vamos a hacer si la gente se siente sola y se desahoga en las redes con una gata gorda sobre el regazo y sueña con abrazarse al bruñido chasis de un robot y delega cada vez más aptitudes mentales en la máquina maravillosa que porta en el bolsillo.
En el principio fue el toro. Su negra estampa de atavismo fijando nuestro miedo o nuestra esperanza, concreta como la noche y abstracta como una pesadilla. Así se abre la película de Albert Serra, que no es exactamente una película sino el único medio conocido de sentir lo que siente un torero sin participar de su riesgo. Serra pone la cámara y el micro donde nadie antes los había puesto a lo largo de una docena de corridas de Andrés Roca Rey. Y gracias a la rutinaria heroicidad del matador y a la audacia técnica del cineasta nos asomamos al misterio pascual de la tauromaquia: la vela en el getsemaní de una habitación de hotel, la pasión sobre la arena ensangrentada, la resurrección en la furgoneta de la cuadrilla.
Dicen que se ha hecho viral esta semana el robo de unos gallos a un clan gitano de Valladolid. Yo mismo he reproducido esos vídeos una y otra vez bajo el hechizo de la fascinación. Ahora sé que condenar semejante noticia al inframundo de las redes o confinarla en los sótanos del scroll, entre el estropicio plástico de una famosa y el cetrero nazi con pene hidráulico, limita groseramente su alcance cultural. Porque una maldición gitana es una cosa seria. Merece la pena que abordemos una sucinta exploración de sus posibilidades semióticas.
Ya falta menos para que los cuadros de Rubens terminen arrumbados en el sótano del Prado, piadosamente cubiertos por un velo de pudor o de censura. Puede que ningún hombre mirara jamás con deseo a las tres Gracias, pero no vamos a negar que las mirara con envidia. En aquella época pocos europeos disfrutaban de tres comidas diarias, de modo que el criterio artístico se rebajó al económico. El ser social determina la conciencia estética, por explicarlo en los términos de un buen marxista.
Cada generación tiene el deber moral de descubrir el Mediterráneo, pero inmediatamente después debería ponerse a descubrir el Atlántico. El lugar adecuado para hacerlo es un archipiélago nacido de una perfecta colaboración entre los cuatro elementos: el fuego que lo alumbró y que aún lo amenaza, el mar del que emergió y que lo circunda, la tierra que lo nutre y el aire que lo conserva. Los romanos las creyeron habitadas por perros salvajes, así que las llamaron Canarias.
Lo llamaron el año oscuro porque en la primavera anterior la erupción del monte Tambora, en Indonesia, había escupido al cielo millones de toneladas de cenizas volcánicas y dióxido de azufre. Las temperaturas bajaron varios grados, el verano jamás se presentó, las cosechas se helaron y cientos de miles de europeos murieron de inanición o comidos por el tifus. En Austria la cosa fue aún peor: el país no levantaba cabeza tras el galope apocalíptico de las guerras napoleónicas y se encontraba sumido en una depresión sin horizonte. Así que en aquel 1816 se daban las condiciones perfectas para que un austríaco precisamente reinventara la Navidad, aunque su autor moriría sin sospechar el alcance de su obra.
En la tórrida noche del 1 de agosto de 1914, todavía conmocionado por la noticia, un joven catalán se sienta a escribir la primera entrada del diario que lo convertirá en una estrella: «Hoy también hemos sabido que Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Ya no queda ninguna esperanza».
Se aloja en la buhardilla de una pensión parisina no lejos de la Sorbona, donde estudia Filosofía. Pero Agustí Calvet no será filósofo. Aunque a sus 26 años atesora una vasta formación humanística, experimenta también la pasión por la actualidad y la vocación de influencia. Su padre, tan fenicio como el de Pla, quiso que fuera notario; pero Calvet, como Pla, contestó sin reservas a la llamada de la literatura de observación: la expresión más noble del periodismo. Su nombre de guerra será Gaziel, y a los 60 años de su muerte aún brilla con fuerza en la constelación de los grandes cronistas de la Edad de Plata, que no solo iba a dar poetas o dramaturgos o pensadores: Pla, Chaves, Camba, Ruano, Fernández Flórez, Xammar, Barga o Assía. Todos maestros en el arte liberal de la distancia justa.