
No entendí que el público del Real aplaudiese el martes con tanto entusiasmo al barítono que había encarnado el papel de Giorgio Germont en la emocionante representación de La Traviata que acabábamos de presenciar. No es que no se lo merecieran su técnica vocal o su talento interpretativo: es que no se lo merece su personaje. No podemos perdonar a Giorgio, el estricto padre de Alfredo, ni siquiera cuando en el último acto se derrumba y pide perdón a Violetta por haberla forzado a romper con su hijo.













