
Profilaxis básica.
No recordamos cómo empezó, pero sabemos que la política española consiste ya básicamente en prorrogar estados de alarma. Se debate sobre la prórroga, se prorrogan los debates sobre la prórroga, se especula con su caída, se caen las especulaciones, se vuelve a empezar. No tenemos tiempo de aburrirnos porque aún hay muchas prórrogas que pedir, debatir, maldecir y finalmente aprobar.
Para Sánchez llegar a la mañana misma del debate sin los apoyos atados es pura rutina. Yo he llegado a la conclusión de que la estabilidad le molesta. Su corto plazo es esta mañana, su medio plazo es la semana que viene y su largo plazo es el mes que toque ir a Bruselas. Fuera de ahí se desorienta completamente, como cuando se perdió yendo a Washington en coche una vez. No sabría vivir guardando lealtad al mismo aliado sin ponerle los cuernos la misma noche de la boda, ni soportaría aplicar su propio programa de no poder abandonarlo en el acto si la pasma -su realidad aritmética- le pisa los talones, como diría De Niro en Heat. Si a Sánchez lo pones frente a un espejo no se refleja, pero no porque sea un vampiro, sino porque el reflejo es más lento que sus principios. Cuando se asoma ya se han ido a otra parte, preferentemente al lado contrario de donde estaban: de ERC a Ciudadanos, por ejemplo. Como es el piloto y lleva a todo el pasaje de rehén, ya le apoyará alguien. A él le sobra con saber que esa noche volverá a dormir en La Moncloa; con quién, y me refiero a compañías políticas, es lo de menos.






Que la investidura de Sánchez se pacte en Lledoners no puede escandalizar a nadie, porque lo propio de las bandas es hacer negocios en el trullo. El Joker de Moncloa está a punto de concretar el chiste más macabro en la broma infinita de su vida pública. «¡Pero salvó al PSOE del acecho de Podemos!», cacarean las pedrettes, incapaces por amor de entender que el precio que ha pagado su gallo por mandar en la izquierda es la titularidad del corral. El PSOE acabó de morir un martes de noviembre de 2019, cuando su secretario general abrazó al epígono leninista de Anguita para abrirle la puerta del Consejo de Ministros. Ahora un condenado a 13 años por sedición otorgará a Sánchez la gracia de unos meses más de insomnio en su colchón, pero el protagonismo pasará al vicepresidente Iglesias, que devorará diariamente en las teles a su presa. Será una legislatura furiosa y estéril que solo culminará un proyecto, activado el día que Sánchez reconquistó Ferraz: la destrucción de la socialdemocracia española. Su legado.





