
Dicen que la risa es la mueca de la inteligencia, pero a veces es la mueca sin más. La mueca meramente muscular, estupefaciente, pavloviana. Porque hay muchos tipos de risa. Está la carcajada cascabelera de Mozart en la peli de Milos Forman, que denota la frivolidad desacomplejada del genio. Está la risita nerviosa del condenado, al que le da por reír o por mearse encima camino del patíbulo. Y luego está el graznido psicopático del Joker, que celebra el mal que él mismo causa porque así mitiga un poco la soledad que lo ahoga. Cuando Pedro Sánchez reaccionó partiéndose literalmente de risa a la citación en el Senado que le comunicó Feijóo -bajo obligación judicial de decir verdad-, debemos preguntarnos si su caso es el de un genio amoral, el de un reo en potencia o el de un psicópata solitario. ¿Es posible que lo sea todo a la vez? O quizá puede encarnar sucesivamente las tres identidades, una vez acreditada suficientemente su personalidad múltiple.













