Aquella mañana Pedro se levantó, se compró unas gafas de existencialista francés en una farmacia y acudió a divertirse al Senado de España, país del que le han hablado tanto que ya sentía ganas de visitarlo. Al parecer se celebraba allí esos días una comisión de investigación porque miembros relevantes del partido, la familia y el gobierno del presidente de aquel país estaban procesados por corrupción. Estas cosas nunca han dejado de asombrar a Pedro, que se indigna a la hora del desayuno cuando se entera por la prensa de las andanzas de gente tan desahogada.
La agonía del sanchismo es como el tazón de cereales de nuestra infancia: en realidad no quieres que se acabe nunca. Por eso estas últimas sesiones de control (¿cuántas quedarán? ¿trece? ¿diecinueve?) hay que llevárselas despacio a la boca, saboreando el copo de maíz inflado recubierto de chocolate industrial, ralentizando la ingesta con la melancolía anticipada de un subgénero literario que hemos practicado jubilosamente y que va tocando a su fin: el de la narración del cinismo político desorejado. Unos años delirantes donde todo fue científicamente mentira. Una plaga de desvergüenza que no sabremos si ha puesto huevos hasta que nazca otro gobierno.
Va a tener María Guardiola la oportunidad de testar esa máxima que Cayetana Álvarez de Toledo repite a menudo: en política lo moral es también lo eficaz. Convocar a los ciudadanos cuando el bloqueo parlamentario que los priva de unos presupuestos se revela insuperable es el primer reflejo de un demócrata cabal. Guardiola se ha cansado de la tenaza PSOE-Vox, y hace bien en oficializar ese hartazgo para que sean los extremeños quienes juzguen en las urnas a los responsables del boicot. La decisión, además, tiene la virtud de retratar por contraste la pulsión autocrática de Pedro, aún más incapaz de gobernar que la semana pasada tras el descuelgue de Junts, pero tan convencido como siempre de que el poder es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los votantes.
Concedamos que tanto Vinicius José Paixão de Oliveira Júnior como Lamine Yamal Nasraoui Ebana son dos jugadores desequilibrantes. El romanticismo propagó la especie de que toda personalidad desequilibrante aloja un desequilibrio interior que vuelca hacia afuera, de tal manera que el artista desequilibrante esconde a un individuo desequilibrado. Yo no creo que eso sea cierto ni en el arte ni en el fútbol, valga la redundancia. Los temperamentos neoclásicos opinamos que la mitomanía del malditismo ya ha hecho demasiado daño como para que sigamos prestándole crédito, pero tenemos que reconocer que la doctrina del genio turbulento o del enfermo sublime no ha perdido poder de sugestión. Y para demostrarlo no hace falta remontarse a Maradona: nos toca más de cerca Morante.
Cuando este pobre hablador vino al mundo, Isabel Preysler ya llevaba mucho tiempo siendo Isabel Preysler. Y cuando alcancé eso que los penalistas codificaron como uso de razón, la Preysler no solo seguía siéndolo sino que había redoblado su preysleridad. Después han pasado los años, las hojas del calendario de la vida han ido alfombrando las melancólicas aceras de nuestra memoria y en el lúcido umbral de la madurez constatamos que el mundo es distinto, que las cosas han cambiado, que las personas son otras… salvo Isabel Preysler. Ella es el eje inmóvil en torno al cual giran los polos achatados de este globo cósmico donde se consumen los oscuros deseos de los hombres y las luminosas siluetas de las mujeres.
Es cruel que en país tan vivible no haya manera de encontrar vivienda. La crisis está muy diagnosticada: las grúas se pararon tras el estallido de la burbuja mientras la población crecía al ritmo acelerado de los nuevos flujos migratorios. Hoy se construye media casa por cada familia que busca una entera. Si al exceso de demanda le sumamos la crisis de oferta provocada por la inseguridad jurídica que ha extendido la regulación contraproducente de la izquierda (que desconoce las leyes del mercado, del mismo modo que la derecha desconoce las leyes de la comunicación), el resultado es el vídeo asestado por el Ministerio de Vivienda a todos los españoles que nunca serán propietarios y difícilmente lograrán ser inquilinos.
La fusta de doña Miriam Nogueras restalló este miércoles en las nalgas del monstruo de Frankenstein, que se puso a temblar no precisamente de placer masoquista sino de miedo a una eutanasia fulminante. El Gobierno de coalición corrupta o de corrupción coaligada se propone durar hasta el último día de la legislatura, pero eso será si la portavoz de Junts no cumple una amenaza que levantó murmullos en la cámara: «Habría que hablar menos de cambios de hora y empezar a hablar, señor Sánchez, de la hora del cambio». Ingenioso quiasmo que mi pinganillo me devuelve traducido así: «O nos das algo ya para frenar el auge de Aliança Catalana o nos planteamos una moción de censura instrumental con PP y Vox para mandarte de regreso a esa casa de Pozuelo que te pagó Sabiniano con el sudor de otras frentes. Y de lo que no es la frente». Más o menos.
El colegio de Sandra Peña, la alumna de 14 años que se suicidó la semana pasada para no seguir soportando el acoso de tres compañeras, amaneció con los muros cubiertos de pintadas enfurecidas. «No quedaréis impunes». «Dar (sic) la cara, asesinos». «Justicia o venganza». Es la prosa justiciera que nace de la indignación moral, y habrá quien por eso tienda a disculparla. Como disculpará los señalamientos en redes sociales que están recibiendo ahora las tres acosadoras, sus fotos publicadas, sus datos personales revelados con el propósito cristalino de que sustituyan a Sandra en la hoguera incombustible del odio humano, que brota antes del idealismo que de la malevolencia. Quizá los autores de esas pintadas no sabían que Sandra y su calvario existían, y se culpan ahora por no haberlo sabido; o quizá lo sabían pero no reaccionaron suficientemente, y ahora que ya es tarde sobrerreaccionan para ahogar el remordimiento. No lo sé: somos una especie compleja capaz de fundar sucesivamente la presunción de inocencia y la cultura de la cancelación. En determinadas circunstancias vacilamos entre el ajuste de cuentas de la turba y el reproche institucional del Estado. Nos cuesta aprender que lo malo no se cura con lo peor, y que la revancha no restaura el equilibrio sino que justifica la escalada. Perpetúa el daño.