La boda de Almeida ha venido a desmentir que a cierta izquierda no le gusten las bodas de derechas; claro que le gustan. Lo que odian es reconocerlo. Se podrían llenar cientos de miles de divanes ibéricos con los cerebros incapaces de identificar las raíces de su resentimiento. A ese paciente que odia a los demás porque se odia a sí mismo un buen psiquiatra le prescribiría algo más que cabalgar sus contradicciones: abrazarlas.
Dice doña Úrsula que otra guerra europea es posible, aunque los optimistas confían en que no se parezca a las dos anteriores. Ni siquiera Einstein imaginaba la Tercera Guerra Mundial, pero a cambio estaba convencido de que en la Cuarta lucharíamos con palos y piedras, al modo de una abrupta elipsis regresiva de Kubrick. La humanidad tendrá así la oportunidad de recomenzar, y dentro de la humanidad también la tendremos los españoles: no todo van a ser malas noticias.
Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores y hay otros a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas, nos explicó Pascual Duarte por la mano de Cela. Y quizá tampoco el protagonista de esta historia sea malo,aunque desde luego no le faltarían motivos para serlo. Hijo de un toxicómano y de una madre a la fuga, el chaval ya movía fardos en Villagarcía a los nueve. A los diez pasó a tutela pública escapando de los palos de su padre. Luego la mili, que en su caso no dejaba de ser una tutela prorrogada, y después la menestralía de baja cualificación a la sombra del turismo -Canarias, Marbella, Ibiza- sin dejar de ser drogadicto a tiempo completo. Un matrimonio roto, una familia perdida, una ruina segura. Y la puta calle. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer, aseguraba Pascual, pero el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera. A algunos más que a otros.
Cierta vez Ledesma Ramos, cofundador de Falange, se dirigió a su tocayo Maeztu buscando su complicidad y le llamó nacionalista. Don Ramiro, un conservador sin ínfulas revolucionarias, protestó: «¿Nacionalista yo? El nacionalismo es chusma y petróleo».
El arzobispo de Valladolid acaba de ser elegido presidente de la Conferencia Episcopal. Activista de izquierdas en la Transición y abogado de formación, Luis Argüello (Meneses de Campos, Palencia, 1953) reflexiona sobre la polarización y el relativismo y aspira a poder mantener una «colaboración crítica» con el Gobierno.
¿Existe la ambición en la carrera episcopal? ¿Qué siente ante la responsabilidad de dirigir a la Iglesia española?
No cabe duda de que el hecho de que el conjunto de los obispos de España ponga en ti su confianza es un reconocimiento, y el reconocimiento te agrada. Pero no supone algo tan importante como para desear esta responsabilidad en sí misma, que por otra parte no es la de dirigir la Iglesia en España sino la de servir a la comunión de los 70 obispos. La Conferencia Episcopal es un servicio de coordinación y de comunión. Yo no soy el jefe de los obispos. Yo quiero ser el servidor de los obispos.
Nació bendecido por el don del dibujo, pero también bajo el signo del sufrimiento. Quizás pensó que todos los padres beben, que una casa debe ser una encerrona y que la infancia solo es la primera estación de un vía crucis inexorable. Empezó a beber a los doce. En cuanto ganó la autonomía suficiente se fue de casa sin mirar atrás. Era un adolescente ardiendo de sed y rebeldía, carcomido por la sospecha de que el clásico tenía razón y en la naturaleza cada cual engendra a su semejante.
Sabrán ustedes que finalmente el partido Sumar ha sido fundado. Durante años la existencia política de Sumar ha pertenecido a un orden puramente teórico, al brumoso ámbito de las hipótesis descabelladas, tales como la reunificación de Mecano, los avistamientos del Área 51 o el fichaje de Mbappé. Pero según los indicios más fiables Yolanda Díaz ha logrado aterrizar la idea platónica de Sumar sobre la realidad burocrática del registro de partidos hechos y derechos. Es cierto que Díaz lleva casi un lustro siendo ministra, pero hasta ahora ejercía su poder orgánico desde Castroforte del Baralla, la ciudad flotante de Torrente Ballester que vivía a caballo entre la existencia y la nada. Esta clase de prodigios solo pueden causar sorpresa fuera de Galicia.
Hay un mérito que la oposición nunca le ha escatimado al sanchismo y es el diestro manejo de la propaganda. A falta de principios que mantener, de ideas para dirigir y de escaños con que legislar, Pedro se fue especializando en la producción febril de relatos que ocuparan el vacío dejado por la gestión. Estos años de vicio ficcional (que en realidad Pedro contrajo de Pablo) han extendido hasta tal punto la cultura del simulacro que a algunos por momentos nos domina la nostalgia de la cachaza marianista. La política ya es solo política de comunicación. Desmoraliza un poco trazar la huella de carbono de este viaje tóxico -«¡Jugada maestra!»- en la retórica de los veteranos más corrompidos y en el jabón de los noveles menos pudorosos.