Los vikingos llegaron a América, pero hoy allí no se habla precisamente sueco antiguo. Por eso no basta con haber llegado a la Luna: ahora se trata de colonizarla. O al menos eso pensó Elon Musk cuando fundó SpaceX, compañía aeroespacial que aspira a satisfacer el persistente anhelo humano de ir más allá. El mismo anhelo que devoró corazones tan distantes como el de Alejandro Magno, el de Magallanes, el de Oppenheimer. Quizá nada defina mejor al hombre que su deseo de ser algo más que un animal o apenas nada inferior a un dios.
No hay peor esclavitud que la del esclavo que ignora que lo es. Aquel que privado de libertad se habitúa a su falta y pierde el deseo de recuperarla se habrá convertido en el militante perfecto, pero no puede esperar que su sumisión les resulte envidiable a las almas libres, empezando por los votantes medianamente críticos. Es como ese esclavo de Chesterton que ya no se pregunta si se merece sus cadenas sino si es suficientemente digno de llevarlas.
Una mañana de principios de los 60 el maestro de esgrima don Afrodisio Aparicio se acercó al velador del Café Comercial donde escribía César González-Ruano. Vencido por los años y por la modernidad, el viejo espadachín regentaba en la calle Echegaray la última sala de armas de Madrid. Se desplomó en la silla y se mesó su bigotazo de mosquetero intempestivo.
Dos horas antes de la hora prevista para el encendido del holograma presidencial, las calles aledañas al Instituto Cervantes lucían la clase de blindaje policial que Donald Trump no se pudo permitir. A Pedro esta temporada le cuadra un nombre taurino: el Niño del Búnker. Porque no gobierna sino que apenas resiste y porque siempre porta consigo su cordón sanitario para aislarse de los españoles, un muro portátil que lo protege de los innumerables fascistas que a su juicio infestan las aceras de España. Especialmente de Madrid, que ya calienta las gargantas para el Doce de Octubre, si es que va. Cuentan los que pasaron por la calle de Alcalá que llovían majezas desde los balcones de Barquillo mientras allí dentro el Niño del Búnker desplegaba su mapa de mentiras con el rostro de bronce y la conciencia de silicona. Él insiste todavía en vestir traje, con la de sastres que suspiran en Caracas por bordarle las iniciales en un chándal progresista.
A los tópicos regionales hay que tenerles mucho respeto, sobre todo si versan sobre Aragón. Por algún poderoso motivo que aprende en la aspereza del páramo o en la majestad del pirineo -cuando no sencillamente en los libros-, el maño nace sabiendo que él no es menos que nadie, pero mucho menos que un catalán. De la clara conciencia de esa esencia igualitaria se nutre su voluntad política antes que de cualquier ideología o interés. No es que los aragoneses sean tercos: es que tienen razón.
Llega la hora de volver a Madrid y el presidente nota una punzada de melancolía. No solo porque en Lanzarote se está muy bien, recorriendo al atardecer los jardines privados del palacete que el rey Hussein I de Jordania terminó regalando a Don Juan Carlos. No solo porque Madrid es el feudo de Ayuso, la cuna del fascismo, la sede social de la máquina del fango. En resumen: el decorado del musical Malinche. También porque volver a Madrid significa para el presidente cargar de nuevo sobre sus hombros desnudos el peso global de la democracia. No puede prolongar sus vacaciones porque, sencillamente, en su ausencia el sistema democrático en todo Occidente aceleraría su colapso y sobrevendrían las tinieblas de una nueva Edad Media. Así las cosas, Pedro Sánchez ordena al servicio que le haga la maleta. Luego se asoma al jardín y deja que la brisa atlántica acaricie su rostro numismático por última vez.
Una emoción cotiza al alza en nuestra vida pública: la venganza. Sin salir del Congreso, entre los partidos de la declinante mayoría que sostuvo al Gobierno cunden los aspirantes a vengadores de novela, para solaz de los plumillas parlamentarios. Tiene pinta de que este curso vamos a mojar la pluma en sangre, que suele ser el tintero de las mejores crónicas.
La crisis migratoria no es una crisis porque si lo fuera sería pasajera y soluble. Tampoco es exactamente un problema, porque en tal caso tendría algo parecido a una solución. El deseo de cientos de miles de africanos de vivir como europeos no solo no va a remitir en los próximos años sino que va a intensificarse a medida que la llamada de la abundancia se propague por los rincones subsaharianos menos esperanzadores pero más tímidamente desarrollados. «¡No son pobres! ¡Todos llegan con teléfono móvil!», concluyen los astutos sabuesos de las redes. Obvio: es en el móvil donde descubren cómo vivimos. Es esa pantalla que refleja nuestros desorejados postureos instagrámicos la que alimenta su sueño, hasta el punto de aceptar el peaje de la propia vida en el intento. Y son los que pueden pagar un móvil los mismos que pueden pagar el billete a la mafia del cayuco. Como ha explicado Ángel Villarino, la inmigración no se reduce a medida que despega una economía: es precisamente entonces cuando se incrementa. Nadie engendra proyectos en un erial; nadie especula con el éxito cuando debe concentrarse en sobrevivir. Por eso la crisis migratoria no ha hecho más que empezar.