
La mano del presidente todavía tiembla en las sesiones de control. No lo anotamos para burlarnos: más bien ese comprensible temblor nos lo humaniza. Se agitaba el argumentario en su mano como el corazón de una swiftie prepúber en la cola de un concierto. Esa mano nervuda y viril ilustró aquel delicioso tuit norcoreano que provocó el descojono de Gistau, cuando la cuenta oficial de Moncloa la llevaba el inefable Iván Redondo. ¿Por qué tiembla aún el presidente? ¿Será el temor que de veras siente, por parafrasear a Pessoa? ¿Cómo es posible que aún le cueste sujetar el pulso mientras hilvana sus embustes después de tanta práctica?













