Humo negro, fumata de tanteo según mandan los cánones en la primera votación. Los cánones mandan siempre, pero especialmente en la institución bimilenaria que alumbró el derecho canónico. Hoy jueves ya hay cuatro votaciones por delante y la conjetura verosímil de que la última anuncie al orbe un papa nuevo.
Nadie en su sano juicio desea ser Papa. Nadie con acceso al cónclave ha dejado de fantasear con la posibilidad de serlo. La primera frase la pronunció un cardenal de verdad: el madrileño José Cobo. La segunda sale del guion de Cónclave, la película que ha encandilado a cuantos limitan su contacto con la Iglesia al sermón del cura en el funeral de la abuela. La realidad, naturalmente, está más cerca del pavor del cardenal de Madrid que de la impresionable retina del adicto a Netflix. No en vano se habla del peso de la púrpura.
Vuelve uno de la Colombia de Petro a la España de Pedro sin ser capaz de encontrar las diferencias. Aún peor: el balance favorece a la seriedad gubernativa de Macondo. Me despidió un apagón propio de sociedades preindustriales y me recibe un robo de cobre que le habría dado vergüenza relatar a la abuela de García Márquez. Nuevamente los juglares de progreso correrán a desollarse los dedos en las cuerdas de sus liras subvencionadas cantando el civismo de los diez mil viajeros tirados en los vagones durante horas: dos lunes negros más y España será declarada tierra de misión. El contribuyente español ya merece la misma condescendencia colonial que esos niños sudaneses de tripa hinchada y sonrisa invencible con los que posan las influencers en verano: «¡Con qué poco son felices!». Si el filipino Tagle sale elegido papa podría arrancar su pontificado en Toledo, y así reanudamos la historia donde la dejaron los visigodos.
No puedo creer lo que cuentas que pasó. Acá sería impensable. Por la mañana nos llevaron al cerro de Monserrate, contiguo al cerro de Guadalupe: la ciudad se derrama a sus pies hasta donde alcanza la vista. Los bogotanos los llaman cerros con un punto de ironía, porque forman más bien una cordillera frondosa a tres mil metros sobre el nivel del mar que ciñe la extensión caótica de Bogotá con una corona verde. No fue fácil llegar hasta arriba porque los indígenas se toman muy a pecho la fiesta obrera del primero de mayo. El presidente Petro los necesita en la calle bien movilizados; quiere decirse inmovilizando a todos los demás. Llegaron veinte mil del Cauca y acamparon en el campus de la Universidad Nacional antes de montarse en sus chivas engalanadas, guerrilleras y contaminantes. Cortaban carreteras ondeando la minga bicolor y blandiendo varas de mando, revolucionarios exitosos por un día.
Ya avisó el poeta de que el mundo no acaba con una explosión sino con un gemido. Algo similar a la unánime interjección que emitimos todos los habitantes de esta península pasadas las doce y media de un lunes histórico. Ya hemos perdido la cuenta de los días memorables que nos ha tocado vivir: algunas fuentes apuntan a que este jueves llegan los extraterrestres.
No es posible exagerar el carácter histórico de este sábado de abril en que la Iglesia despidió al papa que vino del fin del mundo. No hay peligro de que el abuso de la hipérbole propio del oficio desfigure esta vez la trascendencia de la jornada. Por la impronta reformista del pontificado, por el alcance popular de su figura, por la abrumadora presencia de mandatarios reunidos para tributar su último adiós al obispo de Roma. Como si fuera consciente de su papel en la liturgia, hasta el clima quiso contribuir al esplendor fotogénico del rito, derramando un sol jubiloso sobre las decenas de miles de almas congregadas en la plaza y en las calles aledañas, donde se habían instalado pantallas gigantes como si se estuviera retransmitiendo la final de una Eurocopa. Donald Trump guiñaba molesto los ojos bajo el castigo solar que amenazaba con desteñirlo. Parecía tan perdido en la ceremonia como un párroco en un cabaret.
Invitado por su amigo, poeta como él, un joven tuberculoso llega a Roma a principios del siglo XIX para alimentar la vaga esperanza de curarse. Él quiere vivir, aunque sea para seguir escribiendo, quizá para volver a amar, pero tampoco se hace demasiadas ilusiones. Por mucho que insista Shelley en que el cálido clima de la ciudad secará sus pulmones podridos, el joven Keats sabe íntimamente que no hay nada que hacer. Que Roma será su tumba. Como un don (como una condena), recibió al nacer esa punzante revelación de la finitud humana con la que algunos se labran toda una carrera de malditos, librados a la voracidad del carpe diem, y otros perfeccionan el arte de la elegía o se encierran en un monasterio. Luego están todos los demás, el llamado común de los mortales.
Del Papa Inocencio X, el rostro del retrato troppo vero de Velázquez que obsesionaba a Bacon, cuentan que poseía un carácter tan odioso que a su muerte el cadáver permaneció días pudriéndose en el abandono más absoluto porque hasta su sobrina se negaba a pagarle el ataúd. La historia lo recuerda como el protector de Borromini y más tarde de Bernini, que esculpió agradecido sus facciones dulcificadas en un busto que la galería Doria Pamphili expone junto al lienzo velazqueño. De este modo la posteridad aprende la diferencia entre un psiquiatra y un terapeuta, ambos igualmente geniales.