
No fatigaré por piedad el número infinito de las diferencias que separan Estambul de Torre Pacheco. Bastará decir una sola: Estambul desafía como ninguna otra ciudad el apetito de homogeneidad que viene de serie con el animal humano. En la noche de los tiempos fuimos cableados para sobrevivir agrupándonos en tribus idénticas, definiendo el perímetro instintivo de lo propio y el comienzo amenazante de lo ajeno. Los disturbios raciales o culturales son el eco de ese recelo prehistórico que los reformadores morales de la especie impugnan cada tanto, con poco éxito. Y sin embargo hay lugares tan cargados de historia -es decir, de mezcla- que se burlan perezosamente de cualquier añoranza de pureza. Y por tanto, de la posibilidad misma de la xenofobia. Y en consecuencia, de todo proyecto nacionalista. Que equivale a arar en el Bósforo.













