Una mañana de 2022, tras un sueño plácido, la catedrática Laura Díez se despertó sobre su cama convertida en vocal del TC. Su metamorfosis la había decidido Pedro Sánchez, para quien llevaba trabajando ya cuatro años, así que en rigor no existió tal metamorfosis: más bien se le ordenaba seguir poniendo su docilidad de insecto al servicio del mismo entomólogo en jefe desde una colmena diferente. ¿Diferente?
El día después de que fructificara en Bruselas la jurídica amistad entre don Esteban y don Félix flotaba en el hemiciclo cierta atmósfera de tregua. O quizá era solo ese sopor veraniego que anuncia ya la desbandada vacacional del diputado. El ambiente era hipotenso, y en vez de los acostumbrados gruñidos de jabalí se escuchaba con nitidez el bello canto del cisne del consenso. ¿O estamos ante el principio de una centralidad bipartidista por estrenar? Eso se malician Rufián y otros compañeros del viaje extremista del PSOE, pero no deben temer grandes coaliciones: fuera de las sillas vacantes en la tele pública o el Banco de España no veremos pactos de Estado hasta que los moscosos de Pedro cristalicen en vacancia definitiva.
Comparto la satisfacción, pero no la euforia. Que España pase a octavos de final de una Eurocopa como primera de grupo es una obligación, y cumplir con las obligaciones puede hacer feliz a un funcionario prusiano pero no alcanza para cincelar la jeta de Luis de la Fuente en el risco de La Pedriza. Por eso y porque este seleccionador me cae simpático no me gustó verlo despeñarse por la autocomplacencia tras el unocerismo a Albania: «Tiene mucho mérito lo que estamos haciendo. Nunca ha pasado en la historia de Eurocopas o Mundiales eso de ganar y dejar la portería a cero».
Si hablamos de justicia social no hay tanta diferencia entre Javier Milei y Salvador Illa. El eterno candidato a la Generalitat reniega de la vocación igualitaria del socialismo cuando tercia en el debate sobre la singularidad catalana afirmando que quien más tiene debe recibir todavía más. El presidente de Argentina tampoco cree en la redistribución de la riqueza a través de los impuestos y parece cómodo en la metáfora social de la ley de la selva. Ambos difieren solo en tono y trayectoria: el argentino ganó sus elecciones defendiendo a voces el libertarismo antiestatista, mientras que el catalán ha ganado las suyas defendiendo lo contrario de lo que ahora musita por cobarde sometimiento a su patrón, rehén de las exigencias supremacistas. El corolario de ambos programas es la desigualdad, más grave en el caso catalán porque a la prebenda económica se le suma el derecho de pernada judicial que instaura la amnistía.
Te preguntas para qué sirve un Rey que firma la Ley de Amnistía. Le exiges que haga algo, no sabes muy bien qué, pero algo, y que lo haga ya. Fantaseas con que emita señales más ostensibles de protesta e incluso con una abdicación puntual, con un reinado intermitente, como si la jefatura del Estado se asentase sobre un trono plegable o como si un monarca constitucional pudiera permitirse los cinco días de reflexión de un político tramposo. Necesitas oír el discurso del 3 de octubre de 2017 en todas y cada una de sus apariciones públicas, también en Nochebuena, mientras Pedro Sánchez permanezca en el poder. En términos generales aprecias el desempeño de Don Felipe, le reconoces su esfuerzo de ejemplaridad personal, pero te angustian el rumbo autocrático y la deriva centrífuga de España. Así que le pides a la Corona que plante cara, que haga oposición al Gobierno, que luche contra sus socios como sus socios luchan contra ella.Y que para revertir la degradación institucional destruya la mejor institución que nos queda.
Amanece el día del aniversario monárquico con cierto ambiente de episodio nacional. En Galdós el protagonismo no lo ostentan los reyes sino siempre el pueblo, y esto es algo que no ha perdido de vista la Casa Real de Felipe VI en ningún momento de los últimos 10 años. Por eso la gente empieza a llenar muy pronto las inmediaciones del Palacio Real, que es el monumento perfecto: evoca la majestad de un imperio pero también jalona nuestra ruta del vermú. Tiene la honorabilidad de los siglos y la familiaridad de las plazas. Y de ese enlace morganático entre historia y costumbre depende quizá el éxito de toda monarquía parlamentaria en el siglo XXI.
El único líder español que ha cumplido la promesa de regenerar la institución que representa no concurre a unas elecciones ni tiene que rendir cuentas ante una junta de accionistas. En la sociedad abierta ninguna institución aguanta en pie mucho tiempo sin apoyarse en la decencia personal de quienes la encarnan, obedientes al íntimo dictado de su conciencia. En el caso de los cargos electos, corresponde a los votantes enjuiciar el grado de excelencia institucional de sus representantes, aunque hoy cunden por desgracia ejemplos de sociedades flácidas que eligen envilecerse avalando el liderazgo de los viles. Así nadie puede pretextar que no les representan, ciertamente, y así es como mueren las democracias: ahogadas en su colectiva degradación.
Busca uno refugio de la política en el fútbol, dócil al plan de esta sección, y va Mbappé y opina de las legislativas en Francia. La Eurocopa como resaca electoral: la derecha se ha cabreado con el francés malinterpretándolo, la izquierda lo ha elogiado sin querer entenderlo y el centro melancólico ha alzado la sabia ceja con la que Carletto suele despachar las obviedades.