
Se le vio incómodo al presidente en el mitin del sábado cuando Ana Redondo, la más desinhibida bacante de su coro, le gritó que era «el superhéroe de la democracia» y «el representante de la dignidad humana» en este mundo cruel. Un instante así resulta embarazoso para cualquier homínido dotado de vergüenza propia o ajena, pero sabemos que Pedro no vino de serie con semejante dotación genética. ¿Entonces por qué, cuando le cae encima la catarata de almíbar de su ministra, él baja los ojos, se aferra a una botella de agua y le pega un trago lento hasta que la cámara vuelve a posarse en su estrepitosa telonera?






