
El último quijote de la izquierda estatal no proviene de La Mancha sino de Santa Coloma de Gramanet, provincia de esa Barcelona que de tal modo acogió al Caballero de la Triste Figura que no pudo sino deshacerse en elogios a semejante archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres y correspondencia grata de firmes amistades. Pero Barcelona ha cambiado mucho desde entonces, y por no acoger ya no quiere ni a sus hijos pródigos, sobre todo si son nietos de andaluces. Lo sorprendente, lo imperdonable, es que aquel barcelonés de aluvión recriado políticamente en Madrid contribuyese con pasión digna de mejor causa a su propio extrañamiento durante los años autolíticos del procés. Cualquiera podía temer que un movimiento de fanáticos identitarios acabaría regurgitando a aquellos elementos de orígenes sospechosos que precisamente se enrolaron para hacérselos perdonar.













