Maldito burka

La vi el domingo saliendo de la T4 por la puerta de los taxis como una montaña de trapo. Empujaba un portamaletas atestado mientras con la otra mano trataba de manejar el carrito capotado de su bebé. Su marido andaba distraído a unos metros de distancia, cómodamente vestido como cualquier hombre occidental del siglo XXI, mientras ella descifraba apenas el mundo a través del rectángulo visual de su niqab marrón. No es una imagen infrecuente en los aeropuertos de Europa, pero resulta imposible acostumbrarse a ella a poco que se haya desarrollado una mínima capacidad para ponerse en la piel del otro, de la otra, dentro de esa celosía textil autoportante que vela cada uno de sus pasos públicos.

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18 febrero, 2026 · 18:37

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