
Me interesa la polémica suscitada por la manía de Rosa Belmonte de hablar como si viviera en un país libre, donde la injuria pueda acogerse a los fueros del ingenio y donde la opinión logre trascender la dialéctica amiga-enemiga. Porque más allá de la consabida pelea entre Mediaset y Telepedro, este debate no va tanto de cuerpos como de mentes. Y de cómo los primeros están ocupando tristemente el lugar de las segundas.






