
No entendemos la decepción de una parte de los católicos españoles con la jerarquía de la Iglesia por haber apoyado la regularización de inmigrantes ya integrados, decisión asumida en el pasado por gobernantes tan escasamente zurdos como Reagan o Aznar. Uno puede definirse como católico o como nativista, pero no las dos cosas a la vez. Con el evangelio en la mano, la decepción más bien debería surgir de haber oído a monseñor Argüello derogando el sermón de las bienaventuranzas, sobre el que se edifica la doctrina social católica: «¡Malaventurados los negros, los moros y los sudacas, porque ellos se quedarán sin papeles!». Llámenme librepensador, pero no acabo de encajar una maldición como esa en mi edición canónica de la Biblia (BAC, 2010).






