
Lo que más me gusta de los resúmenes informativos de fin de año son los obituarios. En 2025 emprendió Robe la vereda de la puerta de atrás. O se apagó la eléctrica belleza de Cardinale. O se jodió definitivamente el Perú sin Vargas Llosa. O David Lynch descubrió lo que hay al otro lado del telón de terciopelo azul. Pero ninguna de estas muertes, con ser lamentables, marcarán una época. Hace unos días Darío Prieto dio con el hito cultural por el que será recordado 2025: ese documento de cultura (que según Benjamin lo es de barbarie al mismo tiempo) que clausura un mundo y desvía el curso de la civilización es la muerte de la fe en la veracidad de la imagen. Gracias a la eclosión popular de la IA que se registró el año pasado, ya nunca confiaremos sin más en que lo que vemos sea cierto, real, fáctico. El fotoperiodismo continuará haciendo su heroica labor, por supuesto; pero ya no podrá aspirar al inmediato poder de persuasión que ha administrado con orgullo durante siglo y medio. El cuñado y el catedrático, el analista de inteligencia militar y el taxista ahíto de tertulias reaccionan hoy igual ante cualquier imagen medianamente noticiosa que se presente a sus ojos: «Esto es IA, ¿no?».






