
Ojalá pudiéramos detenernos en la felicidad pura del venezolano medio, del caraqueño oprimido y del madrileño de acogida. Ojalá quedarnos a vivir en sus lágrimas de incredulidad, fluido sagrado de la historia, pequeño río de libertad bajando por millones de pómulos morenos después de tres décadas de tiranía. Pero nadie se baña dos veces en el mismo río, tampoco en el justísimo llanto de quien ve a su verdugo esposado al fin, reducido a la ceguera y al silencio, privado para siempre de su insoportable galleo retórico, en expectativa de una lenta pudrición carcelaria. El anhelado castigo del castigador justifica sobradamente unas horas de euforia, pero no demasiadas si la obra del tirano permanece intacta.






