
Fui el jueves a ver Los domingos, un raro milagro del cine español. Todavía no comprendo bien que la directora haya nacido en Baracaldo hace 47 años y no en la Noruega de Ibsen, en la Dinamarca de Dreyer o en la Suecia de Bergman, con perdón. Su inmersión en los claros y en los oscuros de la institución familiar no puede ser más reconocible -conflictos universales a fuerza de locales-, pero la sutileza con la que rueda Alauda Ruiz de Azúa y la obstinación con que se sustrae una y otra vez a la tentación del dogmatismo no parece de este suelo, ni de ese gremio. Nuevamente con perdón. Pero es que por aquí estábamos acostumbrados a otra cosa, doña Alauda.







Uno se recuerda adolescente y lo único -y si acaso- admirable que encuentra era la determinación de seguir frente a todos los obstáculos. Tal vez la necesidad de comer todos los domingos con la familia disfuncional pudiera acabar con que me diera una pájara mística pero a esa edad, lo dudo
También comentaré que a los quince años un grupo ocioso acompañó a un pater a comprar un par de zapatos y ante la desdolida respuesta a cómo se podían comprar tan feos (‘Si son feos me durarán un año y si no, me durarán lo mismo») se quedó uno extrañamente tocado. Espero que la interpretación de Bach justificase su excursión de un día a la capital