
Hoy se entiende mejor la decisión que tomó Santiago Abascal en julio de 2024, cuando obligó a sus dirigentes territoriales a salirse de los gobiernos autonómicos. Lo hizo para mantener a su partido en una minoría de edad sin culpas, con toda la inocencia (y la impunidad) que apareja esa añorada condición. Un partido que gestiona la realidad del mundo adulto se expone inevitablemente a la erosión del desencanto; en cambio, un partido que solo gestiona expectativas, deseos, ilusiones y fantasías no puede envejecer en las encuestas. Tampoco sirve para transformar España en ningún sentido fáctico, pero sus votantes se conforman de momento con la guerrita cultural de la pubertad y la soñadora pureza de la infancia. «¡España está amenazada! Cuando gobernemos la salvaremos. Pero tampoco tenemos prisa: quizá no sea para tanto».






