
Corren buenos tiempos para la nostalgia, para la dignidad melancólica de los miradores si nos ponemos umbralianos, y por eso sobre el cierre temporal del Café Gijón han vertido lágrimas incluso aquellos que jamás se reunieron en sus tertulias o llegaron demasiado tarde para conocer al cerillero, que se llamaba Alfonso y desvirgaba secretos al oído capaces de abreviarle la inocencia de la infancia a mi compañero Antonio Lucas.






