
El colegio de Sandra Peña, la alumna de 14 años que se suicidó la semana pasada para no seguir soportando el acoso de tres compañeras, amaneció con los muros cubiertos de pintadas enfurecidas. «No quedaréis impunes». «Dar (sic) la cara, asesinos». «Justicia o venganza». Es la prosa justiciera que nace de la indignación moral, y habrá quien por eso tienda a disculparla. Como disculpará los señalamientos en redes sociales que están recibiendo ahora las tres acosadoras, sus fotos publicadas, sus datos personales revelados con el propósito cristalino de que sustituyan a Sandra en la hoguera incombustible del odio humano, que brota antes del idealismo que de la malevolencia. Quizá los autores de esas pintadas no sabían que Sandra y su calvario existían, y se culpan ahora por no haberlo sabido; o quizá lo sabían pero no reaccionaron suficientemente, y ahora que ya es tarde sobrerreaccionan para ahogar el remordimiento. No lo sé: somos una especie compleja capaz de fundar sucesivamente la presunción de inocencia y la cultura de la cancelación. En determinadas circunstancias vacilamos entre el ajuste de cuentas de la turba y el reproche institucional del Estado. Nos cuesta aprender que lo malo no se cura con lo peor, y que la revancha no restaura el equilibrio sino que justifica la escalada. Perpetúa el daño.






