Combate muy táctico en la sesión de control, un poco como el Canelo contra Crawford del otro día. Golpe, esquiva, contragolpe. La violencia siempre es hija de la desesperación, y esta vez el Gobierno no se empleó a fondo en el control de la oposición porque cree atravesar un momento dulce gracias al humo de Gaza, que difumina las derrotas parlamentarias y esconde (temporalmente) los escándalos de corrupción. Al menos hasta el próximo auto judicial.
Usted se ha levantado esta mañana y quizá no ha reparado enseguida en el genocidio. Ha sonado el despertador y su primer pensamiento no se ha dirigido a Gaza sino al examen del niño, a la reunión con el jefe, a la revisión de su mujer. Lleva tiempo con molestias, aunque ella nunca se queja. Y en cualquier caso los gazatíes están bastante peor. «¿Cómo puedo ser tan egoísta?», se ha preguntado nada más encender la radio y recordar que amanece otro día de hambre en la Franja. Allí el problema no es tener una cita médica: es no tenerla. Apenas quedan hospitales en pie. No hay gente desayunando a toda prisa para salir escopetado hacia el trabajo porque no hay nada que desayunar, ni hay otro trabajo que el de la pura supervivencia. Y usted pensando en sus pequeños problemas del primer mundo, en el lujo pequeñoburgués de un café con tostada y en la banal presentación que debe ultimar con el jefe. Con el que encima discutió el otro día por decir que a él Netanyahu no le ha hecho nada y que no le paga para que haga activismo.
La coherencia es una virtud de derechas. La izquierda ni siquiera la concibe como virtud. Begoña Gómez encabezaba marchas abolicionistas años después de llevar la contabilidad de las saunas de su padre, donde el producto estrella era la carne de efebo latinoamericano. David Sánchez Pérez-Castejón, la batuta más enhiesta del repertorio, residió en Moncloa mientras declaraba sede fiscal en unas ruinas de Elvas recién compradas a fin de pagar menos impuestos. Por lo que sea, el fiscal general Ortiz no quiso filtrar esta pillería tributaria para ganar la batalla del relato de la sanidad, la educación y la dependencia («¿De quién depende?»). Irene Montero se pone al frente de una manifa antisistema a pesar de levantarse 15.000 pavos brutos al mes con dietas, merced a su muy sistémica condición de eurodiputada. No alertada por semejante disonancia cognitiva, que en tímpanos morales menos embotados que los suyos rugiría como la turbina de un Boeing 737, doña Irene se hace acompañar a pie de pancarta por escoltas que le pagamos todos para encararse con policías que también pagamos todos: el sistema es ella pero el antisistema también. Otegi presume de la imagen de España en el mundo gracias a esta Vuelta (al pasado). Bardem se presenta en los Emmy para «denunciar el genocidio de Gaza», pero su performance de consolación por la magra cosecha de galardones habría ganado credibilidad si no recordáramos la vez en que reservó una planta de la clínica israelí Cedars-Sinai -uno de los hospitales privados más exclusivos de Los Ángeles- para que doña Penélope pudiera parir como Yahvé manda. Y Marlaska afirma impávido el carácter «pacífico» de la algarada que reventó la Vuelta mientras 22 de sus hombres se reponen de las heridas.
No tiene nada de particular que Jorge Javier Vázquez, admirador confeso de Pedro Sánchez, haya decidido proporcionarse una cara nueva. Si se opera el patrón, a ver por qué no va a operarse el marinero. Ambos viven de su imagen y ambos deben defenderla de la impertinencia del tiempo, ese vengativo dios inexorable. Los años no perdonan a ningún mortal, pero se ceban singularmente con quienes tienen algo que esconder. Sobre todo si lo que tratan de esconder es su verdadero rostro.
Las redes se han convertido en un comedero de patos zurdos graznando su euforia por el asesinato de Charlie Kirk. Da un poco de vergüenza puntualizar que uno no comulga con los postulados ideológicos de la víctima, pero desde luego tampoco es un pato incapaz de entender que de Kirk ahora solo importa su condición de víctima. Trump ha elevado esa condición a la categoría de mártir de la libertad de expresión, y en cierta manera laica tiene razón: fue ejecutado en una universidad (templo de la palabra, dicen) y solía invitar a debatir a sus adversarios ideológicos. Se conoce que a uno de ellos le herían tanto las palabras de Charlie que tuvo que recurrir a las balas para ganar el debate.
Nos habían prometido una buena bronca parlamentaria para fijar el patrón cacofónico del nuevo curso. Si se han despellejado hasta en agosto a cuenta de los incendios, fantaseábamos nosotros, malo será que se relajen en septiembre. De hecho los gobernadores civiles del sanchismo que rotulan la televisión del Movimiento juraban que el PP se había entregado a la crispación para competir con Vox. No es que sea una acusación demasiado original, pero sirvió para que nos asomáramos a la sesión de control con alguna vaga esperanza en el espectáculo.
Durante años defendí que se podía ser una persona viciosa pero un político virtuoso. Que la conducta íntima de nuestros dirigentes no tenía por qué influir en la eficacia de su desempeño institucional. Invocaba la ya tópica contraposición entre el alcoholismo notorio de Churchill y la germánica morigeración de Hitler. O relacionaba el puritanismo de Robespierre con el despliegue sistemático del terror social. A ese moralismo intransigente que accionaba la guillotina opuso Constant su reivindicación de la esfera privada.
Es difícil decidir quién hace más daño a la causa palestina: la flotilla de Greta, los boicoteadores de la Vuelta Ciclista o una declaración institucional de Pedro Sánchez. Del mismo modo que nadie ha perjudicado tanto a la causa israelí como Benjamin Netanyahu. No hace falta comulgar con los protocolos de los sabios de Sión para abrir los ojos al sufrimiento planificado y sostenido que está infligiendo a la población gazatí un primer ministro enfermo de voluntad de poder: primero trató de maniatar a los jueces y ahora alimenta la guerra total para suspender indefinidamente la rendición de cuentas y ahogar la indignación civil bajo el estrépito marcial del nacionalismo. Pero tampoco hace falta ser un criptobro de gimnasio o un cayetano de montería para señalar el oportunismo de ciertos tartufos que no arriesgan otra cosa que el disfraz de su hipocresía mientras rentabilizan la pose de concernidos.