
Durante años defendí que se podía ser una persona viciosa pero un político virtuoso. Que la conducta íntima de nuestros dirigentes no tenía por qué influir en la eficacia de su desempeño institucional. Invocaba la ya tópica contraposición entre el alcoholismo notorio de Churchill y la germánica morigeración de Hitler. O relacionaba el puritanismo de Robespierre con el despliegue sistemático del terror social. A ese moralismo intransigente que accionaba la guillotina opuso Constant su reivindicación de la esfera privada.







Ya, pero Constant escribió, aparte de sus tratadillos liberales que irritaban tanto a Napoleón (no es mala cosa) que probablemente fuesen los que forzasen la declaración de disgusto imperial con los ‘ideólogos’ (¿primera aparición del palabro? ¡Brillante!) una magnífica nouvelle, ‘Adolphe’ donde aparece sin aparecer la culpa del señorito que desencadena la pérdida de la señorita polaca. Algo que el protagonista debió de prever y evitar, pero que viniendo a la cola de Rousseau y Greuze nos da un perfecto ejemplo de narrador del que desconfiar. Como el Lazarillo, por lo demás. A ver, lectores modernos, no seáis pimpinelas escarlatas.