
Las redes se han convertido en un comedero de patos zurdos graznando su euforia por el asesinato de Charlie Kirk. Da un poco de vergüenza puntualizar que uno no comulga con los postulados ideológicos de la víctima, pero desde luego tampoco es un pato incapaz de entender que de Kirk ahora solo importa su condición de víctima. Trump ha elevado esa condición a la categoría de mártir de la libertad de expresión, y en cierta manera laica tiene razón: fue ejecutado en una universidad (templo de la palabra, dicen) y solía invitar a debatir a sus adversarios ideológicos. Se conoce que a uno de ellos le herían tanto las palabras de Charlie que tuvo que recurrir a las balas para ganar el debate.








