
Afirmar que Leni Riefenstahl fue una cineasta nazi es tan impreciso como afirmar que no lo fue. De ahí la dificultad de partida del documental de Andres Veiel, y de ahí también su mérito. Veiel no subraya: sugiere. Trata a su personaje con respeto, pero sin condescendencia. No es fácil acercarse al arte de una amiga de Hitler sin incurrir en el apriorismo de la condena, y al mismo tiempo sin desoír la razón moral que se eleva hasta nosotros desde las cenizas de las víctimas.






