
Pueden ustedes elegir la metáfora que quieran. El boxeador sonado que ya no fija la mirada. El cormorán embreado por un vertido de crudo que ya no despliega las alas. El rostro encalado del inquilino que emerge desorientado entre los escombros de un derrumbe. La imagen descompuesta de Pedro en la sesión de control más bronca -y por eso más fiel al estado de ánimo de la mayoría social- que yo recuerdo movería a la piedad si él la hubiera sentido alguna vez hacia los propios o hacia los extraños. Su discurso sonambúlico no atinaba siquiera a interpretar convincentemente el y tú más. Perdía pie en sus propios bulos contra Ayuso, Moreno o Mañueco. Cuando Abascal montó el número de ir hacia él y levantarle el dedo a centímetros de la cara antes de abandonar el hemiciclo, el todavía presidente no tuvo los reflejos de victimizarse: automatizó la réplica aduciendo un caso de financiación irregular de Vox que se acaba de archivar. Y para una vez que sacó el carácter eligió al adversario equivocado: abroncó a Rufián por «hacer de la anécdota categoría» (sic). Minutos después el portavoz de ERC hacía mutis rojo de bochorno, calculando la próxima factura, preguntándose si acaso tiene precio la toxicidad que ya corroe la estimación de voto de los socios del núcleo irradiador: «P. Sánchez».







