
Mira lo que has hecho, Pedro, muchacho. La semilla tarada que plantaste en aquel Peugeot, aquel proselitismo invertido que predicaba el resentimiento en compañía de Koldo, Santos y José Luis ha producido al fin sus monstruitos, incubados a la sombra de una cañería. Ahí tienes el fruto de años de inducción turulata en la militancia socialista, de sectarismo berroqueño, de zafiedad ágrafa. Cierta mañana la cáscara del huevo se rompe en un Novotel y emerge una mutación fuera de catálogo que está reclamando un Humboldt que la clasifique o una oportunidad en Supervivientes. Leire Díez Castro. «A estas alturas no tengo que precisar quién soy». Y comienza el espectáculo.






