
El 30 de agosto de 1633, retirado a la paz de Villanueva de los Infantes, más exasperado por el desengaño de las intrigas de la corte que por el calor fundente de La Mancha, Francisco de Quevedo concluye un manuscrito que ha permanecido inédito durante cuatro siglos. Los profesores Antonio Azaustre y José Manuel Rico lo han exhumado del archivo de un oficial francés, han probado su autoría y acaban de publicarlo con lujoso aparato crítico y su título original: Desconsuelos de los dichosos.













