
En la primera escena paseo por la calle Padre Damián, en Madrid, y me detengo al pie de la cuesta del colegio San Agustín, frente al Santiago Bernabéu, por la que mi hermano mayor y yo subíamos cada mañana para ir a clase. La megafonía recibía a los alumnos difundiendo un breve comentario del Evangelio. Recuerdo el día en que me tocó leerlo a mí como un acontecimiento central de mi niñez: quizá porque me equivoqué en una palabra. Estábamos a finales de los 80, cuando los niños de seis años íbamos solos al colegio con una mochila y un bonobús. Recuerdo una campaña contra algo terrible llamado sida, y las imágenes de la demolición de cierto muro alemán abriendo el telediario. Recuerdo el quiosco de chucherías del patio donde dilapidábamos la paga semanal; y la feria que montaban una semana al año dentro del recinto escolar. Recuerdo la importancia que le daba el padre Corredor a la campaña del Domund, y la capilla donde mi madre alguna vez se quedó a rezar antes de recogerme, y el boletín de los misioneros con aquel escudo que tanto me impresionaba: un corazón ardiendo atravesado por una flecha. Y recuerdo que los profesores eran tan buenos que cuando me cambiaron de colegio yo iba un curso por delante en matemáticas y quizá dos o tres en lectura. Pero aún habían de pasar algunos años hasta que leyera las Confesiones.






