Prevost: un viejo mensaje desde el Nuevo Mundo

El hombre nombrado vicario de Dios en la tierra sale al balcón revestido de su alta dignidad y es aclamado por el pueblo. Pero la metamorfosis no ha sucedido entre los pesados cortinajes de terciopelo del balcón central; tampoco en la Capilla Sixtina, bajo la polícroma majestad de los frescos de Miguel Ángel. Ese hombre abrumado, que seguramente ha sido elegido porque sus colegas comprendieron que no deseaba el puesto en absoluto, empezó a transformarse a su pesar cuando ingresó en la sala que con mucha propiedad llaman de las lágrimas. Un no lugar, un tramo anodino entre dos ámbitos célebres, acaso el único puñado de metros cuadrados del Vaticano que no figuran en la historia del arte. Una mesa, dos sillas de madera, un pequeño sofá rojo y un perchero del que penden tres sotanas blancas. El hombre debe elegir la más ajustada a su talla necesariamente imprevista. Y es entonces, en ese vestidor oscuro, cuando lo vence la conciencia de su nueva condición. Al menos así les sucedió a algunos de sus predecesores. De ahí que se la conozca como la sala del llanto.

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9 mayo, 2025 · 7:10

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