
Te preocupa la sentencia que absuelve de un delito de violación a Dani Alves. Crees que el mensaje que envía perjudica la causa que sientes como propia y desincentiva el coraje que muchas no logran reunir para denunciar su agresión, porque vislumbran el trance revictimizador que experimenta quien exhibe un daño íntimo sin garantía de reparación. Sospechas que la justicia no es igual para todos, que los ricos gozan de una consideración especial y que puede haber juezas machistas aunque estén afiliadas a colectivos progresistas y se hayan especializado en violencia contra la mujer. Pero piensa que la tarea de un juez no consiste en enviar mensajes a la sociedad sino en enviar personas a la cárcel o a la calle en función de la fiabilidad de las pruebas aportadas en su contra. Porque para arrebatar la libertad a un hombre no importa la sinceridad del sentimiento de humillación que embargue a la denunciante: figúrate que le sucediera a un varón de tu intachable familia o al líder del partido al que votas. Que una jueza haga abstracción de su género o de su ideología para salvaguardar la recta interpretación del derecho no constituye una traición sino un alivio. Traiciona la toga quien deja de condenar a un famoso por serlo, pero también quien lo castiga sin suficiente base fáctica para satisfacer apetitos ejemplarizantes.






