Ya avisó el poeta de que el mundo no acaba con una explosión sino con un gemido. Algo similar a la unánime interjección que emitimos todos los habitantes de esta península pasadas las doce y media de un lunes histórico. Ya hemos perdido la cuenta de los días memorables que nos ha tocado vivir: algunas fuentes apuntan a que este jueves llegan los extraterrestres.
No es posible exagerar el carácter histórico de este sábado de abril en que la Iglesia despidió al papa que vino del fin del mundo. No hay peligro de que el abuso de la hipérbole propio del oficio desfigure esta vez la trascendencia de la jornada. Por la impronta reformista del pontificado, por el alcance popular de su figura, por la abrumadora presencia de mandatarios reunidos para tributar su último adiós al obispo de Roma. Como si fuera consciente de su papel en la liturgia, hasta el clima quiso contribuir al esplendor fotogénico del rito, derramando un sol jubiloso sobre las decenas de miles de almas congregadas en la plaza y en las calles aledañas, donde se habían instalado pantallas gigantes como si se estuviera retransmitiendo la final de una Eurocopa. Donald Trump guiñaba molesto los ojos bajo el castigo solar que amenazaba con desteñirlo. Parecía tan perdido en la ceremonia como un párroco en un cabaret.
Invitado por su amigo, poeta como él, un joven tuberculoso llega a Roma a principios del siglo XIX para alimentar la vaga esperanza de curarse. Él quiere vivir, aunque sea para seguir escribiendo, quizá para volver a amar, pero tampoco se hace demasiadas ilusiones. Por mucho que insista Shelley en que el cálido clima de la ciudad secará sus pulmones podridos, el joven Keats sabe íntimamente que no hay nada que hacer. Que Roma será su tumba. Como un don (como una condena), recibió al nacer esa punzante revelación de la finitud humana con la que algunos se labran toda una carrera de malditos, librados a la voracidad del carpe diem, y otros perfeccionan el arte de la elegía o se encierran en un monasterio. Luego están todos los demás, el llamado común de los mortales.
Del Papa Inocencio X, el rostro del retrato troppo vero de Velázquez que obsesionaba a Bacon, cuentan que poseía un carácter tan odioso que a su muerte el cadáver permaneció días pudriéndose en el abandono más absoluto porque hasta su sobrina se negaba a pagarle el ataúd. La historia lo recuerda como el protector de Borromini y más tarde de Bernini, que esculpió agradecido sus facciones dulcificadas en un busto que la galería Doria Pamphili expone junto al lienzo velazqueño. De este modo la posteridad aprende la diferencia entre un psiquiatra y un terapeuta, ambos igualmente geniales.
Si el cuerpo del pastor se enfría a los pies del baldaquino de Bernini no será por el calor de gratitud que desprende el desfile de sus ovejas. El espectáculo de la capilla ardiente de un pontífice no pone la condición de la fe, pero sí la de cierta sensibilidad artística para admirar la fusión perfecta entre la solemnidad litúrgica y el arrebato de piedad. Ese producto emocional es único. La Iglesia Católica lleva facturándolo siglos y nadie más conoce la fórmula. No reside solo en los gestos, en los colores, en los sonidos. Uno contempla la escena y no sabe dónde acaba el llanto viril del guardia suizo en formación y dónde empieza la fragilidad desafiante de una monja solitaria.
En el cielo sin nubes se ha declarado un final de abril con pujos de ferragosto, y los peregrinos que no tomaran ayer la precaución de untarse los brazos con crema solar experimentarían alivio al ingresar por la puerta santa en la suave penumbra de Santa María la Mayor. Tampoco es que tuvieran que esperar demasiado bajo el sol. Al menos el Esquilino -una de la siete colinas romanas- no registra todavía la congestión de visitantes que se le pronostica a esta primavera de excepción en que un jubileo se funde con un cónclave, y por fortuna los carabinieri han decidido no extremar el celo inquisitivo en los controles de acceso. Será una paradoja, pero un policía que nos sonríe da más seguridad que uno que nos cachea.
No es sencillo defender al difunto Papa de un elogio de Pablo Iglesias. «Compartimos barricada», le asestó en cierta ocasión. España es la meca del pensamiento posicional, lo que quiere decir que el español generalmente no examina la bondad de las opiniones por sí mismas sino que las adopta o las rechaza en función de quién las sostiene. Y como encuentra mayor estímulo intelectual en la discrepancia que en el alineamiento, primero se fija en lo que opina su enemigo y luego procede a colocarse enfrente. Por eso nuestra política parlamentaria no pone el énfasis en lo que se vota sino en la compañía: ¡Junts votando con Vox! ¡El PP votando con el PSOE! Y por eso cada vez que se fallaba un premio literario Unamuno no se preguntaba a quién se lo habían dado sino contra quién. Ahí seguimos: la blanca nieve se le antoja más bien grisácea al español que ve a su cuñado reivindicando la luminosa blancura de la nieve. Y hay que reconocer que pensar así ahorra mucho tiempo y no menos energía, pero también explica la magra nómina del racionalismo español además de nuestra entrañable afición a la guerra civil.
No ha muerto un hombre bueno sino un hombre incómodo, valga la redundancia. Es decir, ha muerto un cristiano. Sobre la institución viva más antigua acumulamos todos tantas opiniones que fácilmente olvidamos (empezando por ella misma) su propósito originario: traer al mundo, como su fundador, no la paz sino la guerra a golpe de mejilla. A fuerza de poner amor donde reina el odio por defecto. El programa resulta tan exigente para la condición humana que Oscar Wilde -otro cristiano escandaloso- concluyó que en buena medida permanecía inédito en la historia de Occidente, con la salvedad de excéntricos como precisamente San Francisco.