
Dicen que se ha hecho viral esta semana el robo de unos gallos a un clan gitano de Valladolid. Yo mismo he reproducido esos vídeos una y otra vez bajo el hechizo de la fascinación. Ahora sé que condenar semejante noticia al inframundo de las redes o confinarla en los sótanos del scroll, entre el estropicio plástico de una famosa y el cetrero nazi con pene hidráulico, limita groseramente su alcance cultural. Porque una maldición gitana es una cosa seria. Merece la pena que abordemos una sucinta exploración de sus posibilidades semióticas.






