
El pintor está en su estudio frente a un enorme lienzo en blanco cuando llaman a la puerta. Lo que va a pasar a continuación le provocará náuseas, pero es culpa suya. Ha venido a Roma a rendir un último tributo al historicismo antes de que lo derroten los impresionistas. Por eso quiere extremar el realismo de la obra. Por eso ha enviado a un recadero a recorrer las morgues romanas con orden de acopiar modelos del natural. Así que el solícito recadero penetra en la estancia cargando un gran saco apestoso. Cuando lo voltea sobre el suelo del estudio, tres cabezas humanas ruedan hasta los pies de José Casado del Alisal. El hombre que pintó La campana de Huesca.







