
La autovía de Levante es un hilo de alquitrán que conecta la realidad con la ficción. Todas las catástrofes tienen al menos esa virtud: desvelan violentamente la condición artificiosa de nuestra seguridad. A cualquiera que tenga ojos para ver y corazón para sentir le parece hoy Madrid un lugar inconcebible: lo real es Valencia.
La cruda dimensión en la que va ingresando el coche viene anunciada por señales turbadoras: vehículos militares, furgonetas atestadas de cajas, arcenes costrosos de arcilla, quitamiedos retorcidos como si fueran de regaliz. Pero la que sale a recibirnos no es una dimensión espacial sino temporal. Entramos en otra época, una antigua y terrible que solo hemos visto en los cuadros de ciertos museos y en las películas que recurren a la distopía por falta de imaginación.








