
Un gran periódico de papel hoy tiene algo de catedral añosa, enclavada en el centro de una metrópolis de vidrio y acero. Durante mucho tiempo no fue más que una villa incipiente, y sus pobladores se congregaban periódicamente en los bancos de la catedral, y allí recibían la palabra y allí socializaban. La catedral hizo al pueblo que había levantado la catedral, del mismo modo que el periódico hizo a la comunidad democrática que se reconocía a sí misma leyendo el periódico.







