
Los vikingos llegaron a América, pero hoy allí no se habla precisamente sueco antiguo. Por eso no basta con haber llegado a la Luna: ahora se trata de colonizarla. O al menos eso pensó Elon Musk cuando fundó SpaceX, compañía aeroespacial que aspira a satisfacer el persistente anhelo humano de ir más allá. El mismo anhelo que devoró corazones tan distantes como el de Alejandro Magno, el de Magallanes, el de Oppenheimer. Quizá nada defina mejor al hombre que su deseo de ser algo más que un animal o apenas nada inferior a un dios.







En la más densa que yo conozca de sus nouvelles, ‘la linea de sombra’, Joseph Conrad para un momento en su vigília sobre el mar de Sonda (Conrad era multilíngue por necesidad y quizá al final algo por gusto, cómo para llamar ‘Nostromo’ a su valiente italiano para dejar que el público arree y decida si tiene que ver con ‘nostrum’, latinoinglés por ‘remedio infalible’ o no) para pensar en el primer occidental que explorara tales profundidades, García de Loaisa. Eso sí, el enviado por Carlos I lo fue con un cálculo de posibilidades por parte de la corte que pareciera casar mal con el espíritu ‘aventurero’ que las meditaciones de Conrad parecieran suponer. Conrad parece muy dado al rubato cuando se trataba de saltar sobre las ignominias que empujan a sus protagonistas, ignominias que no podían por menos de saltarle al encuentro a poquito que avanzara por los puñados de polvo, no sé si de estrellas