
No hay peor esclavitud que la del esclavo que ignora que lo es. Aquel que privado de libertad se habitúa a su falta y pierde el deseo de recuperarla se habrá convertido en el militante perfecto, pero no puede esperar que su sumisión les resulte envidiable a las almas libres, empezando por los votantes medianamente críticos. Es como ese esclavo de Chesterton que ya no se pregunta si se merece sus cadenas sino si es suficientemente digno de llevarlas.






