
La escena ocurre en una residencia de verano, propiedad del Estado español. Es la hora de la siesta y el presidente ha dado orden de que nadie lo moleste. Toma un cuaderno de notas y el bolígrafo que le regalaron en Davos y sale al jardín. Elige tumbona, empuña el boli, concentra el gesto y comienza a escribir. En el sopor de la tarde a los oídos presidenciales solo llega un sonido: el eco de la Historia.






