
Parece que la condescendencia hispánica ha cambiado de bando y ahora son los periféricos los que se burlan de los centralistas. Yo aún tarareo inocentemente aquel estribillo gamberro que Séptimo Sello aportó a la Movida: «Todos los paletos fuera de Madrid». Pero este verano un bar gallego ha sido noticia no por cerrar en agosto sino por la aparatosa xenofobia del motivo: «Si cae una bomba en Mera se quedan sin tontos en la Meseta». Hay paisanos míos que se han ofendido, pero a un verdadero madrileño -es decir, alguien venido de provincias que desprecia el peso del terruño en la conformación de su identidad y en la elección de su proyecto de vida- una frase como esa lo moverá mucho antes a la carcajada que a la indignación. Sobre todo porque si semejante declaración de hostilidad surtiera efecto y los mesetarios dejaran de veranear en aquellas hermosas rías, la economía gallega se vería dramáticamente devuelta a la edad del zueco, el azadón y la gallina. Bien lo sabe el astuto alcalde de Vigo, que cada navidad prende luces más grandes para atraer más carteras del resto de España.






