
A finales de 1885, en vísperas de la muerte de Alfonso XII, dos políticos leales al bien común, escarmentados de las guerras y asonadas que habían marcado el siglo XIX, se reúnen en El Pardo. Uno es conservador y el otro liberal, pero pactan sus discrepancias para dotar al país de estabilidad a través del turnismo, que no fue otra cosa que la aceptación de la legitimidad del otro para gobernar. Eran Cánovas y Sagasta: el artífice de la Restauración y el reformista que impulsó la modernización del régimen. Un cuarto de siglo después ocupaba el poder otro liberal, José Canalejas, al que le gustaba detenerse ante los escaparates de las librerías. Ese fue el momento que aprovechó el anarquista Manuel Pardina para dispararle por la espalda. España había cambiado, la cuestión social imponía sus urgencias y la atenta retina del arte no dejaría de registrarlas.







