El final del sanchismo está resultando tan divertido como preveíamos y solo un idiota o un sanchista desearía que todo acabara cuanto antes. No será así y eso que ganamos los españoles, que según Madariaga siempre nos hemos tomado la política como espectadores mientras que los ingleses la conciben como protagonistas. Ya que ese es nuestro sino nacional, acomodémonos en el patio de butacas y disfrutemos del esperpento.
Habrá quien se extrañe de que los sondeos estrechen la distancia entre PP y PSOE con todo lo que ha llovido estos meses, de la autoamnistía al colapso parlamentario pasando por el psicodrama epistolar y los negocios digitales (a dedo) de Institución Gómez. Pero Pedro sabe que la primera emoción política de nuestro tiempo y país ya no es la indignación sino la amnesia. La desafección como alternativa pueril al castigo adulto. El personal enciende la tele o trastea en el móvil y si por casualidad o decencia periodística topa con otro escándalo o la enésima cacicada, de inmediato cambia de canal o de aplicación. Tendrá el voto decidido hace mucho o la abstención hincada entre ceja y ceja, pero ya no soporta diez segundos de actualidad nacional en la creencia disolvente de que todos son iguales. Y este, amigos, es el terreno idóneo para el despliegue de la voluntad del autócrata: «Haced como yo: no os metáis en política».
El rey de Europa no quería confiarse. Porque sabe desde antiguo que el exceso de intimidad con la leyenda pierde a los héroes. Por eso luchó hasta el final contra su condición de favorito. Por eso cuando advertía contra el riesgo escondido entre el centeno alemán, en realidad se estaba asustando a sí mismo. Porque ha desarrollado tal dependencia de la épica que se siente incómodo en la facilidad. Este Madridde época se ha enamorado de su propia estatua heroica y necesita el placebo de la dificultad. Sólo cuando sintió el zumbido de las avispas alemanas envolviéndolo como un enjambre durante toda la primera parte, se metió en el partido.
Lleva un tiempo comprender que afición casi nunca es sinónimo de satisfacción. El aficionado de verdad lleva sus colores como el cofrade su paso, y en la encrucijada de cada partido encuentra mucho antes razones para el sufrimiento que para el disfrute. El madridista fetén, que conoce como nadie el hábito feroz de la victoria y colecciona más títulos de los que caben en un museo descolonizado, en realidad se siente incómodo en vísperas de disputar otra final de la Champions.
Cuenta Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) que siempre quiso continuar Las máscaras del héroe (1996). Y por fin ha encontrado el tiempo (el París ocupado) y el espacio: nada menos que las 1.600 páginas divididas en dos tomos que componen Mil ojos esconde la noche (Espasa). El primero, La ciudad sin luz, ya desafía desde los escaparates todas las reglas de nuestra época, empezando por la brevedad. «Había un tapón que me reprimía y cuando lo he quitado ha salido todo a chorro».
El éxito descabellado de Taylor Swift nos interpela especialmente a quienes no comprendemos sus motivos. Un magnetismo global de tal calibre debe considerarse al margen de que nos gusten sus canciones. Porque si la cantante de Pensilvania encarna el mayor fenómeno pop de nuestro tiempo, y así lo acreditan sus números, entonces el swiftismo describe el espíritu de la época con una elocuencia que sería estúpido desoír.