
El único líder español que ha cumplido la promesa de regenerar la institución que representa no concurre a unas elecciones ni tiene que rendir cuentas ante una junta de accionistas. En la sociedad abierta ninguna institución aguanta en pie mucho tiempo sin apoyarse en la decencia personal de quienes la encarnan, obedientes al íntimo dictado de su conciencia. En el caso de los cargos electos, corresponde a los votantes enjuiciar el grado de excelencia institucional de sus representantes, aunque hoy cunden por desgracia ejemplos de sociedades flácidas que eligen envilecerse avalando el liderazgo de los viles. Así nadie puede pretextar que no les representan, ciertamente, y así es como mueren las democracias: ahogadas en su colectiva degradación.







