
El balón bajaba suave centrado desde la derecha, pero no usé la cabeza. Uno juega al fútbol para convencerse de que aún tiene 20 años, y si el cuerpo no se adapta a esa convicción tanto peor para el cuerpo. Así que traté de rematarlo en volea acrobática, contacté con el empeine la pelota (que se marchó lejos de la portería) y al caer oí el crujido. Entendí entonces el vaticinio del poeta cuando advirtió que el mundo no acaba con un estruendo sino con un gemido. Miré y descubrí que me había nacido un tercer codo por el extremo opuesto al lugar donde solía estar el segundo, haciendo pareja con el primero, un codo supernumerario que inauguraba un ángulo cubista en mi brazo izquierdo. No tuve tiempo de saludar al nuevo miembro de la familia porque de pronto alguien apagó la luz. A oscuras me puse de pie y atisbé la gravedad del cuadro clínico en las miradas de espanto de mis compañeros de pachanga. Pregunté tímidamente si alguien sabía colocar codos. Se decretó el final del partido y Carlos Cué se prestó a llevarme al hospital. «Ni se te ocurra intentar colocártelo. Vámonos ya».






